Por Ricardo Marconi (*)

Hace 25 años, en un comunicado, la NASA afirmó que jamás se llegaría a otro lugar en el cosmos con cohetes autopropulsados y, a partir del pronunciamiento, se comenzó a investigar otros tipos de propulsión.

Así se ingresó en el viaje utilizando unidades de antimateria, teletransportación y la utilización de “agujeros de gusano”, cuestiones sobre las que ya hemos desarrollado columnas en las que nos hemos referido a mecanismos para viajar a otros planetas de nuestro sistema solar, así como a otras galaxias o para conocer, al menos desde el campo teórico, otros mundos sobre los que necesitamos saber si cobijan civilizaciones como la nuestra.

Dilatación temporal

Para lograr el objetivo señalado deberíamos “saltar varias leyes de la física”, ya que Albert Einstein afirmó que no se puede sobrepasar la velocidad de la luz. El científico, en su teoría, afirmó que cuanto más nos acercáramos a la velocidad de la luz, más despacio pasaría el tiempo, casi hasta detenerse.

Ello significa que si astronautas terrícolas pudieran viajar a la estrella más cercana –Alfa Centauro-, que está a 4 años luz, tardarían en ir y venir ocho años. Esos ocho años son los transcurridos en la Tierra y desde la posición del observador terrícola.

Si quien esto escribe fuera el observador, cuando los viera regresar tendría ocho años más. Pero esto no sucede dentro de la nave.

Los tripulantes, al regresar, sus relojes internos marcarían que sólo han tardado unas cuantas semanas en ir y regresar y su físico sólo habrá sentido el paso del tiempo de esas semanas, así que una vez aterrizados serían más jóvenes.  Es lo que Einstein llamaba la “dilatación del tiempo”.

El reconocido físico también nos enseñó que, si se superara la velocidad de la luz, se alteraría la masa, lo que significa que el objeto que se acerque a la velocidad de la luz, verá incrementada su masa en forma exponencial, llegando su nasa a ser considerada infinita.

Parece obvio que no se podría mandar un cohete, aunque pudiera alcanzar la velocidad de la luz, porque éste incrementaría su masa a proporciones épicas.

Es la relación existente entre energía y masa, lo que provoca que esto suceda y aquí llegamos a la pregunta del millón: ¿Cómo consiguen llegar desde el cosmos otras civilizaciones sin sufrir dichas leyes físicas?

Sólo hacemos referencia superficial a lo explicitado para poder introducirnos en la historia que relató el coronel Clifford Stone en el tiempo en que se estaba muriendo de cáncer, dejando en claro que darla a conocer no implica reconocerla como verdadera, aunque, vale decirlo, hay testigos en su favor que, al menos, genera la posibilidad de que fuera verdadera.

La historia de Clifford

Clifford tuvo una niñez y adolescencia como la de cualquier norteamericano medio, aunque, vale decirlo, quizás modificó su criterio sobre la existencia de otras civilizaciones en el universo a partir de conocer a un capitán de la Fuerza Aérea una mañana en la que fue a un quiosco de diarios a comprar una revista que relataba historias de ciencia ficción.

Stone, como componente de las fuerzas armadas norteamericanas fue utilizado para contactarse “a distancia” por poseer un talento innato en ese sentido y fue por ello que tuvo la oportunidad de acceder telepáticamente a seres no terrestres.

Así, el militar, un buen día de agosto de 1980, declaró públicamente que “el gobierno norteamericano sabe más sobre seres no terrestres” y que “tiene en su poder dos extraterrestres vivos, con escafandras que los protegen de los gases pesados de la Tierra”.

El protagonista central de esta columna agregó que “se comunicaban telepáticamente” y que habrían ofrecido intercambiar su información tecnológica por seres humanos para pruebas.

Tras sus declaraciones públicas, Stone fue echado de las fuerzas armadas, pero gracias a su especial condición, habría sido revaluado y reincorporado. Él era el único que podía tener contacto telepático y los investigadores lo utilizaban como intermediario.

Fue así que se habrían enterado de la existencia de 57 especias extraterrenas y sobre las formas de curarles las heridas que sufrían. Eran “huéspedes tecnológicos y, a la vez, prisioneros potencialmente peligrosos”.

La devastación de interactuar 

La interacción de Stone no fue gratuita. Él sentía lo que ellos sentían al tener contacto telepático, aunque le dijeron que no le harían daño y llegaron a confiarle que “había un plan de extracción de seres humanos de la Tierra”.

Quizás ello influyó en el militar norteamericano para organizar un plan de fuga y logró hacerlos escapar, a pesar de sufrir una herida que estuvo a punto de ocasionarle la muerte.

El Estado norteamericano no presentó cargos contra Stone, ya que ello implicaría reconocer lo sucedido.

Lo que resta acotar, es que, al parecer, para cuando Stone decidió ayudar en la fuga, ya habían muerto varios militares en condiciones sospechosas, luego de que habrían recibido “presiones telepáticas” a pesar de lo cual se negaron a liberar a los prisioneros. (Jackemate.com)

 

(*) Licenciado en Periodismo – rimar9900@hotmail.com

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