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Por Ricardo Marconi (*)

Diariamente, los diarios del mundo reservan un espacio –cada día más acotado-, acerca de lo que ocurre en la guerra entre Rusia y Ucrania. En esta columna, en particular, no nos referiremos a esa cuestión, pero sí lo haremos respecto a una cuestión colateral: lo ocurrido a una de las partes, Rusia, cuando debió retirarse de Afganistán vergonzosamente, sin pena ni gloria.

Luego de la retirada del ejército soviético, en 1989, Afganistán cayó en la anarquía y, en 1996, apoyados por Pakistán, los talibanes tomaron Kabul y ampliaron su poder a expensas de los caudillos armados, quienes manejaban el mercado negro de la droga desde sus territorios, ubicados en las montañas.

En 2001, los talibanes controlaban el 90% del territorio afgano e impusieron su interpretación radical de la ley religiosa musulmana, oprimiendo a las minorías y prohibiendo las transmisiones de televisión, la proyección de películas en los cines y hasta el baile.

Es más, no conformes con ello, impusieron la pena de muerte para una variedad de delitos. Las mujeres sufrieron restricciones severas y de la noche a la mañana, con la retirada rusa, fueron obligadas a cubrirse de la cabeza a los pies, a la vez que se les prohibía trabajar fuera de su casa o asistir a cualquier tipo de institución de enseñanza.  Las mujeres que violaban esas reglas eran golpeadas en público.

Luego del 11-S  

Tras el fatídico ataque denominado 11S -11 de setiembre de 2001- a Estados Unidos, el 6 de octubre, se agotó la diplomacia y más de 30.000 soldados norteamericanos y 23.000 efectivos británicos fueron enviados a la región en conflicto para que estuvieran listos para entrar en acción. Tras 24 horas de dicha decisión militar, se inició la campaña militar contra los talibanes para erradicar de Afganistán a la red Al Qaeda y al régimen que la protegía.

Y a partir de ese momento, comenzaron los ataques contra la capital Kabul y Kandahar, en el sur, contra Jalalabad, en el este, también atacada, creándose de esta manera un “pasillo” que permitiera el ingreso seguro de las tropas estadounidenses, las que se incrementaban día a día con el aporte de efectivos y logística armamentista de 40 países.

Asume Karzai 

El gobierno afgano de Hamid Karzai tomó posesión, habiendo sido elegido por su espíritu antisoviético, monárquico y pastún, a lo que hay que agregar que era aceptado por la población.

Cuando los talibanes fueron echados por la fuerza de Kabul, Karzai estimó que había ganado la guerra, lo que fue un error. En realidad, Afganistán comenzaba a convertirse en un “estado fallido” y una potencial amenaza para los gobiernos de países fronterizos.

Blindados de la ex URSS abandonan territorio afgano, tras la derrota militar frente a los mujaidines

Luego de años de guerra entre Estados Unidos y el terrorismo, Afganistán continúa estando marcado a fuego por la violencia endémica, la pobreza extrema, el incesante camino hacia la hambruna y la desaparición de un gobierno que fue reemplazado nuevamente y hasta el presente por los talibanes, pobremente armados, pero desarrapados y acostumbrados a utilizar la violencia contra los civiles.

En ese tiempo, la derrota rusa tuvo que alejar, internamente, un intento de golpe generado por el círculo más íntimo del poder soviético que fue frenado por Putin, generando un cerco informativo sobre la guerra que obligó a la prensa a hacer conocer las informaciones a través de periodistas que actuaban para las agencias en el exterior. Con la invasión rusa a Ucrania la historia volvió a repetirse.

Las lecciones afganas 

La historiadora Sebesta O`Connell, en octubre del 2021 puntualizó que se solicitó a la Unión Europea que “adquiriera autonomía estratégica y fortaleciera su capacidad militar”. Y el Banco Mundial, dejó entrever que, preventivamente, Europa en 2019, había gastado «casi cuatro veces lo que Rusia había adquirido en armamentos».

Es por ello que los rusos no poseían capacidades suficientes, tanto militares como logísticas, de reconocimiento y de inteligencia y vigilancia para sostener operaciones prolongadas en el exterior.

O`Connell estimó que una fuerza común europea hubiera servido para convencer a Estados Unidos de retrasar el retiro de tropas o, al menos, garantizar el uso del aeropuerto de Kabul.

La historiadora se preguntó: ¿cómo fue posible que un grupo terrorista de muy bajo nivel logró arrastrar tras las fronteras a los soviéticos?

Así nació el criterio internacional de que la solución al problema afgano no pasaba por una solución militar para lograr la estabilidad en el país.

La formación de un “país nuevo” debía gestarse sobre conceptos universalmente aceptados, esto es: La igualdad de género y la libertad de expresión, entre otros elementos no menos importantes para lograr el desarrollo económico y social. La fuerza puede servir para derrotar los regímenes autoritarios, pero difícilmente para instalarlos. Habría que meditar seriamente la opción en Europa. (Jackemate.com)

 

(*) Licenciado en Periodismo – Postítulo en Comunicación Política

 

 

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