Por Mabel Martínez (*)

Estamos atravesando el peor momento de la pandemia y aún, luego de tantos meses, no comprendemos qué significa la vida. Esta constatación se observa en la gran cantidad de casos de Covid -19.

Como nos tienen acostumbrados las autoridades, los discursos son oscuros a la hora de señalar las restricciones de lo que se ha retitulado “la habitualidad” y no más la normalidad.

Permanentemente en esta etapa tan dolorosa, la lengua sigue renovándose e incrementando el léxico. Los autores, los políticos y los comunicadores de los grandes medios masivos.

Nos preguntamos qué nos pasa. Los argentinos y los rosarinos en particular, hemos sido muy golpeados por mucho tiempo que, quizás, por esto hemos perdido el interés por seguir luchando. Es posible, pero tenemos que salir de ese estado y empezar a buscar una nueva y mejor situación.

Desde que iniciamos en marzo la cuarentena, los ánimos pasaron por muchos estadios: nos asustamos, nos encerramos, salimos y comenzó un relajamiento, se produjeron contagios, creció la circulación del virus, adentro con restricciones, resistencia e incumplimiento, número elevado de casos, mayor negatividad y más que nunca la desobediencia.

Hoy sin consciencia social, se impone el individualismo, el qué me importa del otro. Perdimos el respeto, el amor al semejante, al igual. Vivir a la manera de cada uno indiferente y despreocupado por el resto de la sociedad.

Nos hacemos otra pregunta: ¿Qué aprendió la gente?

Tuvo la oportunidad de observar todo lo que ocurría en Europa y Estados Unidos y que se repite por estos días. Parece que lo que ocurre en otro lado no sirve, Nuestra idiosincrasia marca conductas intransigentes e intolerables.

Si se hace un análisis de algunos países que deberían ser nuestros referentes como los nórdicos y Alemania, advertimos -desde ya otra cultura y educación- que en esos lugares existe la responsabilidad social y el respeto por el otro.

Coexiste una concientización general de lo que se debe hacer y de lo que no debe hacerse. Un modelo que deberíamos integrar. No fueron partícipes de cuarentenas interminables. Nosotros necesitamos de la fuerza, del rigor para cumplir las normas establecidas.

Si recobramos la sensatez y el raciocinio seguramente empezaremos a cuidarnos y a cuidar. Hemos sido testigos de grandes torpezas, de fiestas escandalosas hasta protagonizadas por funcionarios, de reuniones de jóvenes sin barbijos compartiendo bebidas, invasión de parques, plazas y hasta las playas.

Y por supuesto sin considerar a los adultos mayores ignorando que ellos también pueden ser contagiados.

Y seguimos preguntándonos por la vida. ¿Qué representa para ellos? ¿Una jugada? ¿Un qué me importa? ¿Yo soy eterno? A mí no me pasará mada.

Más allá de todas las respuestas que pueden darse desde el ámbito filosófico o religioso, la nuestra frente a la realidad no encentra fácilmente la respuesta. Es un desapego notable. Nos tendremos que comprometer a modificar esta perspectiva indolente y desinteresada que nos invade.

Este miércoles tanto el Intendente Javkin como el Secretario de Salud, doctor Leonardo Caruana, han coincidido en sus declaraciones con respecto a nuestro comportamiento para posibilitar la disminución de los casos. Y como en todos los lugares del mundo debemos mantener los recaudos conocidos y restringir las reuniones familiares y sociales.

El uso del barbijo como defensa fundamental. Es una obligación (palabra fuerte y necesaria) convivir con el virus y vivir nuestras vidas. Los protocolos son los salvoconductos mientras no tengamos vacunas o medicamentos que puedan vencer a este siniestro virus.

Instamos a proteger y protegernos, a perseverar con las conductas que se nos pide, a luchar por vivir y construir una habitualidad mejor. ¡¡¡Seamos responsables!!! Vivir es lo esencial. (Jackemate.com)

 

(*) Licenciada y Profesora en Letras – mabelmartinez13@live.com

 

 

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