Por Mabel Martínez (*)

Ataduras invisibles sostenían a un ser detenido en un lugar y en un tiempo. Viajaba por estaciones de una red diversificada y en pugna. Acostumbrado a tierras yérmicas, sin futuro. Estaba mimetizado. Todo era rutinario. Sin expresión, sin sentimientos.

En su juventud había transitado por situaciones crueles. Ahora a su edad mediana descubría tener sueños. ¡Una novedad! No sabía si llamarlos así. Era un cautivo de un incierto espacio, perdido en un rincón de lo inimaginable. Sobrevivía sin aspiraciones. Ignoraba su significado.

Existencia primitiva. Un día, en medio de su desierto, respiró profundo y, de pronto, un hálito, un suave perfume. Por allí no proliferaban flores, frutos ni siquiera árboles. Experimentó una sensación.

Podía sentir. Tembló. Una novedad manifestación. Caminó sin dirección precisa. Un niño inesperadamente se cruzó, resplandeciente y con toda ingenuidad, lo miró y esbozó una palabra.

Su mente se detuvo, asimiló su sonrisa y fue trasplantado a su infancia. En tanto el chiquito jugaba a su alrededor. Imágenes de momentos solitarios en el que existieron los sueños, perdidos cruelmente.

Desde la ternura migró por senderos oscuros. Amenazas de muertes. Soledad absoluta. Su única compañía, las estrellas. Paisaje gris.  El encuentro con el niño fue un retorno. Un llamado. Un recuerdo. Sin ser consciente siguió la invitación del chico. Llegaron a un valle de un verde desconocido muy iluminado.

¡El sol! Cayó. Lo embargó una calma infinita. Una nueva oportunidad. Y los recientes sueños comenzaban a cincelarse, sin ataduras. Clamó… (Jackemate.com)

 

(*) Licenciada y Profesora en Letras – mabelmartinez13@live.com

 

 

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