Por Dr. Jorge Galíndez (*)

Viendo lo que ocurrió en estos últimos días con el discurso y las reacciones de los llamados grupos “antipandemia” recordé una experiencia similar que nos tocó vivir durante los primeros años de los noventa cuando la epidemia de sida se extendía por el mundo, y pensé que podría ser de utilidad detallar la forma en que evaluamos y solucionamos el tema en aquel momento.

Eran las épocas del avance irrefrenable del virus que producía miles de muertes de jóvenes y niños alrededor del planeta, donde todos los pronósticos eran sombríos, sin tratamientos efectivos, sin vacunas preventivas y con escasos recursos humanos disponibles que a pesar de todo mantenían la firme decisión de no abandonar la lucha porque estábamos convencidos que la respuesta científica finalmente llegaría.

En medio de la crisis donde las buenas noticias no existían un periodista del Diario ‘La Capital’ me llamó por teléfono para invitarme a tomar un café en su casa. Raro, no era habitual este tipo de convocatoria, pero accedí rápidamente facilitado aún más por su dirección, que, sin yo saberlo previamente, era muy cercana a mi domicilio.

La tarde de ese mismo día nos reunimos y en forma sigilosa y sin muchos prolegómenos me informó que estaba por llegar a Rosario un “científico” que afirmaba que el virus del sida no existía y que él lo iba a entrevistar. Sin dudas estaba entusiasmado por la primicia, y quería saber “en off” mi opinión sobre su postura.

Lo cierto es que la nota se publicó y tuvo una interesante repercusión en la ciudad provocando curiosidad sobre cuál sería nuestra respuesta ante las afirmaciones tan expresivas y contundentes de nuestro visitante.

Sabíamos que su capacidad para el discurso basado en afirmaciones indemostrables pero dichas con mucha seguridad nos pondría en aprietos atento a nuestra falta de entrenamiento para este tipo de exposición mediática donde la polémica obligada y la extrema simplificación para el mejor entendimiento de la audiencia sin dudas le serían favorables

Por otro lado, estábamos seguros que de una situación semejante sólo habría un único beneficiado, este interesante personaje, que lograría que “la ciencia” lo ponga en igualdad de condiciones al darle identidad y responder a sus dichos. Sin embargo, no podíamos negarnos a la requisitoria y así lo hicimos.

Nuestra propuesta fue invitarlo a una sesión académica que se realizó en el Aula Magna de la Facultad de Odontología donde no podía contar con sus aplaudidores y abucheadores que lo acompañaban, sino que iba a tener que discutir en igualdad de condiciones y con la serenidad que ofrecía el ámbito.

La sesión comenzó con la lectura de su curriculum que manifiestamente lo incomodó. A quien no, sí ante tanto palabrerío previo en los hechos concretos nada podía sustentar.

Lo exiguo de sus antecedentes desnudó   al invitado que nervioso e inseguro apenas pudo responder balbuceante las respetuosas preguntas básicas del auditorio que observaba como su mentada seguridad se transformaba minuto a minuto en desorientación, impotencia y vergüenza.

Su papelón fue tan elocuente que sin saludar se retiró de la reunión y nunca más volvimos a saber de él. Observamos como de tanto en tanto se repiten similares situaciones, potenciadas ahora por las redes sociales, pero que al final son la misma cosa.

Desafiar lo establecido no está nada mal, pero se desgasta la oportunidad cuando en casos como el narrado, sólo encontramos palabras expresadas con firmeza y convicción pero que, a la hora de defenderlas con argumentos sólidos en el lugar apropiado, sólo aparecen como vaguedades sin contenido y alguno que otro inconfesable motivo. (Jackemate.com)

 

(*) Jefe del Servicio de Clínica Médica del Hospital Escuela ‘Eva Perón’ – Profesor Universitario

 

 

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