Por Jorge Galíndez (*)
¿Qué hacer con este molesto personaje que amenaza nuestro poder?
“Y, que te puedo decir, yo no lo recomendaría. A lo sumo sería un buen segundo”, respondió titubeando. La frase la pronunció un otrora arrogante médico que ocupó por poco tiempo la dirección del PAMI 1 de Rosario durante los últimos años de la dictadura militar, mientras rendía cuentas a un oscuro político colaboracionista que en las sombras había gestionado su designación.
Era la respuesta que daba a su “jefe político” en referencia a un joven profesional de la Unidad de Terapia Intensiva que se destacaba no sólo por su capacidad sino también por su compromiso social y, a no dudarlo, por un incipiente liderazgo que había motivado, sin merodeos, la sugerente e inquietante pregunta que desató pánico en el inseguro director. En un rato volveremos sobre esta pequeña gran historia.
En el ámbito médico ya sea público o privado, en Asociaciones Civiles de distinto tipo e incluso hasta en prestigiosas Fundaciones y en todos sus niveles, desde la más modesta sección hasta los cargos de mayor responsabilidad, es muy frecuente que sus responsables se encuentren, sin haberlo previsto ni haberlo sabido evitar, con colegas capaces, ambiciosos Y con ideas y pensamientos propios.
Como no podría ser de otra manera, más tarde o más temprano, se desatará entre ellos una competencia que, sólo en sus comienzos, será silenciosa y disimulada.
La desconfianza a ser eclipsado o incluso desplazado se transforma muchas veces en un miedo difícil de ocultar sobre todo para aquellos agudos observadores acostumbrados a descifrar conductas y actitudes de sus jefes.
Esta rivalidad parcialmente encubierta, se ve muchas veces reflejada en actitudes en general defensivas y muchas veces casi infantiles al imaginar situaciones inexistentes para satisfacción silenciosa del “peligroso” competidor.
La pregunta que lo desvela es ¿Qué hacer con ese personaje que tanto molesta e inquieta y como neutralizar ese rol desafiante que combina cercanía al poder con responsabilidades mínimas?
Lo habitual es que, como reacción, lo delegue a deambular sin funciones o, adjudicarle tareas menores para desgastarlo. Con frecuencia aprovecha, con cualquier excusa, responsabilizarlo de los conflictos que surjan a la vez que lo margina, con indisimulada satisfacción, a la hora de las fotos, los discursos y los elogios.
¡En lenguaje coloquial busca de todas maneras “bajarle el precio” a ese molesto intruso que vino a alterar con su presencia, el cómodo status quo donde reinaba sin contratiempos!
Veamos por un momento icónicos ejemplos históricos que en similares circunstancias tuvieron distinto desenlace.
Sigmund Freud y Carl Jung
Jung, discípulo y profundo admirador de su maestro era visto por muchos como su eventual heredero. Muchos recordarán su ferviente defensa cuando Freud era una persona non grata en el mundo de la medicina psicológica.
Sin embargo, con el correr del tiempo, ante la creciente reputación del joven, surgieron diferencias entre ambos que primero fueron sólo teóricas, pero alertaron a Freud que sintiéndose amenazado y probablemente inseguro, respondía agresivamente a cada propuesta de su colaborador y, como era de esperarse, lo que inicialmente eran discusiones académicas se trasladaron intensamente al terreno personal donde la rivalidad y los celos terminaron con una abrupta ruptura de la relación enmarcada en una abierta lucha de poder cuyo desenlace fue, en este caso, el desplazamiento de Jung.
Sí bien luego de un tiempo reanudaron una cierta relación epistolar la misma fue tensa, distante y se deterioró definitivamente cuando Freud, en una carta, le propone, “abandonar las relaciones personales enteramente”.
En Zurich, donde se instaló, Jung desarrolló con todo éxito su propia escuela de pensamiento, por supuesto, muy críticas del enfoque freudiano.
Robert Koch y Eric von Behring
En pleno esplendor de su carrera, Robert Koch, quien describiera el bacilo causante de la tuberculosis, dirigía, en Alemania, el Real Instituto Prusiano de Enfermedades Infecciosas (Königlich Preußisches Institut für Infektionskrankheiten).
Sin demasiadas consideraciones aceptó la solicitud de colaborar como un asistente más, a Eric Von Behring un joven médico interesado en lo que se conocía como sueroterapia dirigida al tratamiento de la difteria que causaba, para esos tiempos, cientos de miles de muertes al año.
Koch acostumbrado a su rol de mentor impulsaba la carrera de sus ayudantes desinteresadamente hasta que la independencia científica de Behring, sus promisorios resultados y rotundos éxitos convergieron en un rápido ascenso científico y social que comenzaron a eclipsar los trabajos del maestro creando una competencia profesional que en un principio no afectaba lo personal, pero, muy pronto la creciente reputación se reveló como una verdadera amenaza a su liderazgo.
Los celos profesionales y la percepción de que la “nueva estrella científica” podría superarlo o reemplazarlo en la dirección del Instituto se hicieron notorios provocando fricciones constantes entre ellos.
Observemos ciertos aspectos de sus vidas personales que permitan entender la situación. Behring un cirujano brillante para la época, luchaba contra su adicción al opio por lo que se vio obligado a abandonar la práctica de la medicina y decidió concentrarse total y obsesivamente en la investigación que lo obligaba al encierro lejos de las personas y las sustancias a las que tenía fácil acceso trabajando en el mítico Hospital ‘Le Charitie’, mientras que Koch disfrutaba de su éxito social visitando famosos bares y cabarets acompañado de su amante, la cantante Hedwig Freiberg 29 años menor que él, que para le época era una figura notable en la agitada vida nocturna de Berlín.
Los conflictos eran constantes pero la verdadera eclosión y de manera irreversible, fue en 1901 cuando al alumno le fue otorgado el Premio Nobel de Medicina provocando en Koch un disgusto y depresión que sólo se atenuaron, parcialmente, cuando cuatro años después el también recibió el ansiado galardón.
Luis Leloir y César Milstein
Leloir conocido por su capacidad de motivación a sus asistentes permitió que el joven Milstein trabajara en su Laboratorio donde pudo iniciarse y desarrollar su capacidad para aspirar a grandes emprendimientos.
Su relación, de profundo respeto mutuo y de una vinculación profesional muy productiva, sin dudas contribuyó al crecimiento profesional de ambos consolidándose un vínculo personal y académico permanente. Ambos recibieron el Premio Nobel, pero, en este caso, el primero fue para el maestro.
En el primer caso Freud al despedir a su discípulo logró solucionar el problema del poder obligando a Jung a emigrar a Zurich.
Leloir y Milstein sortearon los desafíos y lograron mantener una relación ejemplar mientras trabajaron juntos, aunque bueno es reconocer que, éste último, emigró a Gran Bretaña donde allí, lejos del maestro, sí plasmó todos sus éxitos.
Este tema, tan frecuente y universal, no se agota en las tres posibilidades recién relatadas, sino que existen una multiplicidad de casos con los más distintos y variados finales que ameritan un próximo capítulo en el que además exploraremos la visión del joven desafiante.
Volviendo al recuerdo inicial, lo que creo que quiso expresar el atribulado director fue en primer lugar, reconocer los méritos del médico para agradar a su jefe, pero inmediatamente después, como ya fue dicho, “bajarle el precio”.
Es decir, es bueno, pero le faltan los atributos necesarios para conducir y por sobre todas las cosas subliminarmente decir que no sería bueno para ejercer el cargo que él ocupaba.
Tiempo después, ya recuperada la democracia el aludido profesional dirigió con todo éxito tres grandes hospitales de Rosario, destacándose por su capacidad profesional, su permanente actitud positiva y hoy es reconocido en todos los ámbitos sociales por su frontalidad y valentía que, con toda justicia, le valieron merecidos reconocimientos nacionales e internacionales por su compromiso e impecable trayectoria. El otro personaje quedó en el olvido. (Jackemate.com)
(*) Jefe del Servicio de Clínica Médica del Hospital Escuela ‘Eva Perón’ de Granadero Baigorria



