Por Ernesto Edwards (*)

 Se sabe que la música es el arte de combinar sonidos en base a armonía, melodía y ritmo, y que con su producto experimentaremos diferentes emociones a partir de su escucha. El rock va más allá del número de compases que definen un género. Y sus textos intentan trasmitir un mensaje que refleje un concepto y un mensaje, y lo propio hacen su actitud de contracultura y rebeldía que tan bien lo definen.

Hace muchos años, en un panel sobre Arte y Cultura llevado a cabo en los clásicos veranos marplatenses, un destacado director internacional de orquesta de música clásica polemizó con un crítico de rock acusándolo de estar haciendo una apología de una versión degradada de música extranjerizante, cuyos ritmos no tenían nada que ver con los valores nacionales y la cultura argentina.

Ante tamaña confusión del músico la respuesta del periodista fue “Vos no interpretas ni zambas ni chacareras. Lo que hacés es una expresión mayoritariamente alemana”. Aunque, en realidad, de allí también su error, la música no tiene banderas ni fronteras.

Y no sólo eso: el rock va más allá al ser un atractivo cóctel que mixtura y fusiona su variable base rítmica con las diferentes expresiones autóctonas y manifestaciones folklóricas, introduciéndose en una descripción y una Fenomenología propia de cada lugar. Por ello no debería sorprender que ciertas expresiones rockeras hayan abrevado, también, en lo que conocemos como Música Clásica.

Ludwig Van Beethoven nació el 16 de diciembre de 1770 en Bonn, por lo que se están cumpliendo dos siglos y medio. A la par de componer nueve sinfonías, cinco conciertos para piano y orquesta, una treintena de sonatas y una ópera, tuvo una vida turbulenta (como en ocasiones su música) que comenzó con una infancia torturada junto a un progenitor alcohólico y violento que pretendía hacerlo competir con la fama de Mozart, y que agregado a su marcada discapacidad auditiva lo convirtió en un personaje taciturno e irascible, capaz de destrozar varias de las casas y palacios que habitó.

Nada muy diferente a las estrellas de rock que se manejan con el mismo manual. No menos significativo, y rockero, era su desprecio a la autoridad y a las diferencias de clase.

Convertido en vida en un destacado representante del Clasicismo y el Romanticismo, Beethoven muere en Viena el 26 de marzo de 1827, y su influencia en diversos ámbitos llega hasta nuestros días. Incluso en el rock.

Lo que conocemos como Rock Sinfónico surge a mitad de los sesenta, buscando combinar música clásica y la cada vez más creciente psicodelia. De estas experiencias surgen los primeros discos conceptuales, que dejaban de ser una placa con una colección de canciones diversas, para convertirse en un texto musical que integraba sus piezas como capítulos de un libro que se vertebraban en torno a un único tema o concepto.

De este modo se destacarán grupos como Pink Floyd, Yes, Jethro Tull y Genesis, entre otros. También cierto período de The Beatles. Y en nuestro país harán lo propio bandas como Espíritu, Crucis y Vox Dei.

Se recuerdan de dicho período obras como “Concierto para Grupo y Orquesta”, de Deep Purple, “Tommy” de The Who, y “La Biblia” según Vox Dei. No menos trascendente fue “Starway to Heaven” de Led Zeppelin, combinando el barroco con música profana y un juego vocal impactante. Tampoco pasan desapercibidas “Trespass” de Genesis y “Fragile” de Yes, que luego encumbraría a Rick Wakeman como el top del género.

Focalizando específicamente en la figura de Beethoven, dos de sus máximos creadores fijaron su mirada en él. Chuck Berry, el padre del rock and roll, le dedica “Roll over Beethoven”. Que años después versionarían los Fab Four de Liverpool: “Da la vuelta a Beethoven. Hoy tengo que escucharlo de nuevo. Sabes que mi temperatura está subiendo. Y la máquina de discos quema un fusible. El ritmo de mi corazón late. Y mi alma sigue cantando un blues”.

También Bob Dylan, el Premio Nobel del Rock, en su más reciente placa, en su canción “Contengo multitudes” (inspirada en Walt Whitman), confiesa: “Voy a seguir el camino abierto, el camino en mi mente. Me ocuparé de que no hay amor dejado atrás. Voy a jugar sonatas de Beethoven, Chopin y preludios de ´Contengo multitudes´”.

“Beethoven´s Last Night” es la Ópera Rock de la Trans Siberian Orchestra, sustentada en una historia ficticia sobre Ludwig Van Beethoven, con bases musicales clásicas inspiradas en el propio Beethoven y una trama argumental que se aproxima al “Fausto” de Göethe.

También corresponde mencionar a la “Sinfonía Nro. 8 en Sí Menor” de Orion´s Beethoven, primera banda argentina de rock progresivo que hizo fusión con música clásica. Además, la versión de “Oda a la alegría” cantada por el español Miguel Ríos, en su segundo disco solista, en 1970. Asimismo, la “9na Sinfonía” por Rainbow, en 1981, y la citada “9na Sinfonía” por Sepultura.

La cantante estadounidense The Great Kat en clave de Trash Metal editó su álbum “Beethoven On Speed”, con canciones como “Sexo y Violines” y “Beethoven Mosh”. Y quizás en el otro extremo en cuanto a estilo, tenemos a la “5ta. Sinfonía” por Walter Murphy, que brilló este año en la apertura de la serie televisiva “Mrs. America”.

Friedrich Nietzsche afirmaba que “La vida sin la música es sencillamente un error, una fatiga, un exilio”. Influido por Schopenhauer y por Wagner, vio a la música como un lenguaje capaz de expresar la dimensión existencial más íntima que el concepto no podría captar sin desdibujarla.

Por su parte, Gilles Deleuze entendía a la disciplina musical como creadora de conceptos. No habría una filosofía de la música sino un uso filosófico de la música en la tarea de crear nuevos conceptos filosóficos.

Entre un período filosófico y otro no hay diferencias de fondo sino sólo matices en torno a los géneros musicales imperantes en cada momento. Y el rock, así como lo hicieran los clásicos, cumple con esa función conceptual. La música clásica llegó hace siglos, para quedarse.

Lo mismo viene sucediendo con el rock desde hace setenta años. Y, al cabo, se siguen dando la mano y colaborando creativa y complementariamente. No es casual, entonces, que por nuestros pagos tanto Ricardo Soulé como Walter Giardino (desde Rata Blanca) ocasionalmente interpretaran en sus presentaciones a Johan Sebastian Bach: “Aria en Sol de la Suite Nro. 3”, pero con guitarra, bajo y batería. Y Soulé con violín.

Ya había abordado la cuestión musical desde lo filosófico en “Impromptus”. Pero será en “Beethoven. Filosofía de la música”, libro póstumo de Theodore Adorno, en el que afirmará que la filosofía hegeliana y la obra de Beethoven tuvieron el mismo registro. Fueron su tiempo, expresado en clave filosófica y musical.

Beethoven era díscolo y rebelde y buscaba exteriorizar su actitud a través de la música. Umberto Eco, el hombre que lo sabía todo, afirmaba que “si en todos los carteles publicitarios se repitiera la Mona Lisa, la Mona Lisa se volvería fea y obsesiva… Con la música, en cambio, no: vivimos en ella como en un baño amniótico. ¿Cómo recuperar el don de la sordera?” Probablemente en cada renovada ejecución de cualquier obra musical se recupere el placer de la escucha.

Sí, ya no estamos a finales del siglo 18. Es un contra fáctico, pero Beethoven, si viviera en nuestro tiempo, quizás hubiera solucionado quirúrgicamente su sordera y estaría empuñando una Fender o tecleando un ‘minimoog’. Y componiendo óperas rock memorables. Porque queda claro que Ludwig Van Beethoven, a su modo, fue un rocker. (Jackemate.com)

 

 

(*) Filósofo y periodista – @filorocker – De ‘Norte Bonaerense’

 

 

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