Por Rodolfo Terragno (*)

Hace arder las pasiones y promueve enfrentamientos. Encarna a rivalidad, los celos y la ira. Es la patrona de una suerte de religión, originada a mediados del siglo 20. Se trata de Eris, Diosa de la Discordia en la mitología greco-romana.

Fue ella quien arrojó la “manzana de la discordia” y la que provocó la Guerra de Troya. La religión discordista, que adora a esa diosa, la fundaron en 1957 dos norteamericanos, Greg Hill y Kerry Wendell Thornley. Es, en verdad, un credo satírico que venera el “Caos Sagrado”. La Biblia discordista, Principia Discordia, es una suerte de surrealismo tardío.

La verdadera discordia no merece adoración. Carcome las sociedades. La sume en odios.

Discordia no es discrepancia. Se discrepa con respecto a determinada idea o decisión. La discordia es un crónico desacuerdo sobre todas las cosas. Un enfrentamiento de ángeles y demonios.

En la Argentina hoy se la llama grieta, pero ésta es solo un nuevo nombre de la infortunada discordia que nos viene de la época de unitarios y federales.

Félix Luna decía que la historia argentina había sido “discordia y dictadura”.

En efecto, hubo militares que prohibieron las discordias civiles y engendraron una discordia mayor. Y hubo militantes que la convirtieron en “lucha armada”. Y hubo gobiernos que echaron leña al fanatismo al fuego de la discordia.

Y hubo ideólogos que hicieron de sus prejuicios un dogma y auspiciaron la persecución de los herejes. En muchos casos, todo eso dejó resabios.

Las naciones más avanzadas son las que, después de largos períodos de discordias, se cobijaron bajo Harmonía, hermana de Eris, diosa mitológica del entendimiento y los acuerdos. Esas naciones buscaron superar las anarquías. No siguieron al mexicano Ricardo Flores Magón, quien bendecía la “fuerza creadora” de la discordia, el caos y el hervidero de pasiones.

Concordar no quiere decir unificar.

Armonizar no quiere decir soterrar las ideologías.

Hay, por otra parte, cosas con las que no se puede concordar, como el racismo, el narcotráfico o la explotación, entre otras.

La concordancia debe darse entre quienes discrepan dentro de la ley; es decir, la mayoría de la sociedad y su dirigencia.

Los conflictos nunca faltan: toda sociedad es un manojo e intereses, y lo importante es cómo se dirimen. Se trata de luchar sin odiar.

Un creador de naciones, Simón Bolívar, decía que “nuestras discordias”, las de la América latina, son una “calamidad pública”, que tiene su origen en “la ignorancia y la debilidad”.

Fue, él mismo, víctima de esa calamidad. En 1830, le escribió al general Juan José Flores:

Vd. sabe que yo he mandado veinte años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: 1º) La América es ingobernable para nosotros. 2º) El que sirve una revolución ara en el mar. 3º) La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4º) Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas.”

Sobrecoge comprobar que uno de los grandes libertadores creía, aun triunfante, que el único modo de librarse de discordia era emigrar.

La muerte le llegó cuando se aprestaba a hacerlo.

San Martín, enemigo de “dividir los ánimos”, emigró en 1824, para que no lo involucraran en las trágicas discordias de su tiempo. “Mi sable no se desenvainará jamás en guerras civiles”, dijo más de una vez.

Decidió volver cinco años más tarde, pero enterado de que Lavalle había hecho fusilar a Dorrego, no descendió del barco. Volvió a Europa y no regresó nunca más.

Él también pensó que lo único que se podía hacer era emigrar

Cuando la ignorancia y las debilidades de las que hablaba Bolívar se extienden por las clases dirigentes, la “calamidad pública” destruye la posibilidad de que un país se desarrolle.

La Argentina comenzó a ser un gran país luego de superar, en la mitad del siglo 19, sangrientas discordias.

En el siglo 20, las discordias ensombrecieron al país, pero hubo la posibilidad de despejarlas al salir de la dictadura de 1976-1983. Durante los primeros años de democracia pareció que las discrepancias quedarían atrás. Pero con el tiempo renacerían.

Hubo, desde distintos rincones, ideas de pactar y, en algunos casos, esas ideas tuvieron ejecución, aunque efímera. Pero los pactos tienen “mala prensa”. Se cree que siempre encierran acuerdos inconfesables, entre dirigentes que tienen más intereses que principios. Los fanáticos de uno y otro lado, amigos de la discordia, piensan que, al pactar, sus líderes han claudicado y, decepcionados, ellos viven el acuerdo como una traición.

El pacto es un ensayo de concordia que, cuando es sincero y ecléctico, ayuda a consolidar la sociedad y reprime su tendencia autodestructiva. Cuando no sólo se propone conciliar ciertas posiciones sino actuar al unísono, se tiene una alianza: otro término desprestigiado, definidor coincidencias que, si son firmes, ayudan a reducir las discordias.

Los períodos electorales suelen ser propicios para la desunión. Competir obliga a agudizan las diferencias, y a veces se las lleva a extremos artificiales.

En gran parte de la clase política, la competencia se reduce a agravios y descalificaciones.

Se deja fuera, así, lo que importa: cotejar ideas sobre lo que se debe hacer para que la economía y la sociedad progresen. Diversos contendientes se abstienen de enuncia (o no tienen) proyectos que puedan hacer más productiva y dinámica la economía.

Más equitativo el reparto de la riqueza.

Más eficiente el Estado.

Más provechosa la relación Estado-actividad privada.

Más riguroso el cumplimiento de las normas republicanas.

Más efectiva la lucha contra la corrupción.

Más meritoria la educación.

Más segura la sociedad.

Una elección debe ser una oportunidad para escoger futuros deseables, que no pueden existir si las ideas y los proyectos son corroídos por la discordia. (Jackemate.com)

 

(*) Escritor, historiador, abogado y político argentino – terragnoweb@gmail.com

 

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