En un artículo firmado por José Pablo Maestro, el sociólogo Pablo Bonavena puntualizó que “en la década del 90 gran parte del esfuerzo humano se destinó a la guerra y, sin embargo, en el campo de la sociología no se advirtió el peso de la lucha armada en nuestra sociedad”.

¿Cuántas veces hemos escuchado señalar que muchos elementos que uno adquiere con naturalidad, en realidad fueron, originariamente, concebidos como armamento para guerrear?

¿Y en cuántas oportunidades presumimos que gran parte de lo que consumimos nos llega desfasado en el tiempo, debido a que ello se produce cuando en el campo militar perdió eficacia?

Bonavena afirmó que “la guerra es una actividad que consiste en intentar introducir pedazos de metales en el cuerpo de otra persona para quitarle su más importante posesión: la vida. Y es impresionante el peso que tiene en la sociedad ese accionar, en detrimento de esfuerzos que deberían hacerse para paliar el hambre y la necesidad de agua potable, por ejemplo”.

Desde el primer uso de una simple piedra -tomada como elemento de defensa-, para ser utilizada por un componente de la especie humana para romperle la cabeza a un enemigo que lo quería ultimar, pasando por armas básicas, como la lanza e infinitos conflictos, entre los que vale aludir a las guerras mundiales y enfrentamientos armados, a modo de ejemplos que concluyeron con la caída de Estados.

Así como los enfrentamientos armados internacionales parciales, hasta la disuasión de la guerra nuclear y porque no la termonuclear, se conceptualiza el problema de la asimetría de fuerzas como un entendimiento básico.

Así, el conflicto se transforma en el aludido problema debido a que una fuerza militar enorme, con un poderío impresionante, no genera los resultados concretos previstos, frente a lo que serían esfuerzos artesanales para evitar –felizmente-, el enfrentamiento, y es entonces que se manifiesta la asimetría y los menos poderosos logran efectos positivos en la acción militar y política.

Así a la asimetría de fuerzas corresponde una estratégica

Ya no es más un Estado frente a otro con un resultado previsible. El tiempo y el espacio se modifican en la forma de combatir y es por ello que nos encontramos que un ataque en Medio Oriente, es respondido con otro en una ciudad latinoamericana, de manera inmediata o un tiempo después.

Quien esto escribe no puede dejar de aludir a un negocio que en el conflicto pesa. Me refiero al de las armas donde se insertan otros ganadores que actúan fuera del campo de batalla: las empresas contratistas que fabrican armamento y las de salud.

Sobre este último punto anexo un dato que para el lector será revelador: el mayor consumidor de antibióticos de la humanidad es el ejército norteamericano, que los acopia en cantidades enormes para sus tropas, estén o no atravesando un conflicto.

En el terreno específico de la guerra al terrorismo, especialistas opinan que se construye para no hacer entrar en crisis a la industria armamentista, que vive a costa de la muerte humana en gran escala.

Obviamente, se genera un choque de intereses monumental y ello conlleva la generación de otro mecanismo, el de la conformación de fuerzas antiterroristas que enfrenta la guerra irregular y asimétrica, como por ejemplo las que se han iniciado en su momento en Afganistán, Irak y en Somalia, entre otras.

El alto poder de destrucción no se consolida en una victoria total y definitiva, debido a que a las fuerzas militares no les conviene. El nivel de destrucción se transforma en una respuesta del Estado que viene a salvar a la población atacada, y que es liberada del opresor.

Eso sí, está previsto que vengan luego los contratistas de la reconstrucción del territorio destruido y las fuerzas salvadoras que se convierten en controladores del poder político, a los efectos de incidir económicamente “en su favor”.

Se buscará, asimismo, adaptar las nuevas fuerzas armadas a nuevas formas de guerrear asimétricamente y ello implica desarmar contratos y producir nuevos con empresas que financian armamentos que no se utilizan en campos de batalla. Sí se usan en el interior de ciudades donde los “daños colaterales”, son los civiles en el horrendo porcentaje del 97%. (Jackemate.com)

 

(*) Licenciado en Periodismo – rimar9900@hotmail.com

 

 

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