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Por Ricardo Marconi (*)

“Actuamos atacando a Al Qaeda en Afganistán. Seguir ese camino ayudó a proponer nuestros intereses de seguridad y de intervención en países en vías de desarrollo, donde se logró que salieran de la pobreza más personas que en cualquier período de la historia y hasta logramos que bajara la mortalidad infantil”.

Nancy Soderberg, asesora del Consejo de Seguridad de Estados Unidos

Una fuerte coalición internacional respaldó el derrocamiento de los talibanes en Afganistán, luego de que sus jefes se negaran a entregar a Osama Bin Laden. Tras el ataque del 11 de setiembre de 2001, Estados Unidos logró el amparo político y militar que necesitaba para invadir territorio afgano y los países que aprobaron la medida extrema coincidieron en esa opinión, aceptando los compromisos como un costo necesario.

El ex presidente estadounidense Bill Clinton, en esa oportunidad, comprendió la necesidad de reorganizar los ejércitos estadounidenses para enfrentar el conflicto afgano, mientras que George Bush (h.) utilizó el pragmatismo, la cautela y el multilateralismo.

Bush calificó al talibán como “claramente represivo” y la ex funcionaria Condoleezza Rice, resolvió volverse republicana, luego que el ex presidente Jimmy Carter, en 1980, se manifestó “sorprendido” ante la invasión de Afganistán por parte de la Unión Soviética.

El 8 de octubre de 2001, los máximos líderes del gobierno norteamericano en el Congreso de EE.UU., hicieron público su apoyo de iniciar ataques militares en territorio de Afganistán “para hacer justicia con los terroristas y con quienes les dan refugio”.

Y el 12 de octubre, por 96 votos contra 1, el Senado aprobó el proyecto que le otorgaba al gobierno poderes de vigilancia de investigación antiterrorista, así como autorización para intervenir líneas telefónicas, determinar blanqueos de dinero ilegal y para controlar computadoras.

En realidad, la decidida guerra abierta era el inicio de un proceso que, a su vez, representaba el fin de un enfrentamiento solapado que había comenzado, hacía una década, con el arribo a Sudán, de Osama Bin Laden.

Los funcionarios de Estados Unidos, hasta el 11 de setiembre de 2001, no habían logrado darse cuenta, en su justa medida, de la magnitud de la amenaza que representaba Laden en lo atinente a su decisión de atacar al corazón del país del Norte.

Ni siquiera el Consejo de Seguridad Nacional estadounidense advirtió a los servicios de inteligencia y estos recién se pudieron a actuar con celeridad luego del 11-S.

Durante la presidencia de Clinton, ante la probabilidad de que armas de destrucción masiva cayeran en manos de terroristas –con excepción del ataque con gas sarín en el subterráneo de Tokio el 20 de marzo de 1995, a manos de un culto religioso japonés, conducido por Aum Shinrikyo-, ordenó una alerta máxima antiterrorista.

Si hacemos un análisis realista, hay que subrayar que Clinton no fue de inmediato a la guerra contra Afganistán y Bush no percibió las señales de un posible conflicto de envergadura. Recién el 11-S cambió todo, al armar el FBI y la CIA el rompecabezas y asesorar al presidente para iniciar una guerra global.

Brutal ataque de los talibanes a un cuartel de la OTAN en Afganistán

La inteligencia norteamericana logró entonces determinar que Bin Laden financió el viaje de cientos de veteranos de guerra afganos a Sudán para entrenarlos y armarlos como terroristas. A fines de 1995 se decía que Laden era el financista que sostenía el campamento Kunar en Afganistán, el que sería un campo de entrenamiento para miembros de la Yihad Islámica Egipcia.

La presión ante el gobierno sudanés se hizo insoportable y el 18 de mayo de 1996, Sudán expulsó a Bin Laden, quien con celeridad se refugió en Afganistán. Y exactamente dos años y 92 días después, Clinton ordenó a Washington que lanzaran 65 misiles en campos de entrenamiento de Afganistán y otros 13 en una fábrica farmacéutica en Jartum, Sudán.

La “fabrica” Al-Shifa, según la inteligencia estadounidense, estaba involucrada en la producción de armas químicas y en el ataque murieron 20 terroristas y varias decenas de sudaneses quedaron gravemente heridos.

Laden no se hallaba en el lugar, aunque sí estaba tratando de adquirir armas químicas y los talibanes aprovecharon la oportunidad para organizar multitudinarias protestas callejeras. El Mullah Mohamed Omar, al tomar conocimiento del ataque respondió que “aun cuando todos los países del mundo se unieran, defenderemos a Osama con nuestra sangre”.

Gas nervioso Vx 

La Agencia Central de Inteligencia, de manera secreta, envió agentes para que, en Jartum, recogieran muestras de agua y tierra para determinar si la planta farmacéutica aludida estaba produciendo armas químicas.

Luego, un ex funcionario de la Agencia explicó que una muestra de tierra, tomada en las cercanías de la planta destruida contenía un producto químico precursor del gas nervioso Vx.

No pasaron muchas horas para que se esparciera la versión de que los sudaneses podrán haber estado suministrando material químico a Bin Laden.

La sospecha adquirió peso específico en 2001, cuando, durante un interrogatorio a un agente de Al Qaeda, el mismo terminó por admitir haber viajado a Sudán, enviado por Bin Laden para seguir de cerca las tareas que la organización llevaba adelante en Jartum para desarrollar armas químicas.

Ataques encubiertos  

Los ataques contra Bin Laden –sobre los cuales esta columna informó minuciosamente-, en territorio afgano tenían el objetivo de eliminarlo y dañar su red de apoyo. Incluso habían sido autorizadas misiones encubiertas con naves Predator[1].

ES necesario dejar claro que el Predator, antes del 11-S sólo fue usado como una herramienta de observación en Afganistán, sin armas. En su lugar se utilizaban los helicópteros con misiles Hellfire, de 50 kilos de peso.

Recién, el 16 de noviembre de 2001, el Predator, armado, permitió eliminar, entre otros, al jefe militar de Al Qaeda, Mohamed Afef[2]

Es más, el mismísimo Clinton se enfrentó –luego del 11-S-, con los militares del Pentágono, que se oponían a enviar tropas a Afganistán para cubrir baches en su información y tanto el FBI y la CIA, le dieron alternativas para el uso de la fuerza en territorio afgano[3].

Incluso, la CIA no pudo proporcionar datos confiables para esas operaciones porque nunca se los habían requerido.

En 1998, Clinton ordenó a la Marina que posicionara, de manera permanente, dos submarinos de combate clase Los Ángeles –equipados con misiles Hawk-, cerca de Afganistán, al norte del Océano Índico, en el Golfo Pérsico.

Desde esas ubicaciones los misiles podrán alcanzar territorio afgano en 90 minutos, con lo que se reducía “la ventana de ataque” en 6 horas.

En diciembre de 1998, George Tenet, director de la CIA, en un memorándum a sus altos funcionarios ordenó “entrar a hora en una nueva fase, en nuestro esfuerzo contra Osama Bin Laden… estamos en guerra…no quiero que se deje de lado ningún recurso ni persona en este esfuerzo, tanto dentro de la CIA como en la comunidad”.

En ese mismo mes y año (12/98), el Consejo de Seguridad presionó contra los talibanes y la Organización de las Naciones Unidas condenó al régimen talibán por brindar apoyo a los terroristas y por favorecer el tráfico de drogas.

Al Qaeda, en 1998, intentó ingresar terroristas a Estados Unidos, provenientes de África. En el mes de mayo, de ese año, Laden amenazó con atacar el territorio norteamericano.

“El Plan” del CTC 

Un año más tarde (1999), ordenó la revisión de las estrategias y como respuesta, el organismo produjo un nuevo plan operacional de ataque, dentro y fuera de Afganistán, bajo la simple denominación de “El Plan”, consistente en una propuesta de recolección de información sobre el objetivo y sus acólitos, con ayuda extranjera.

Además, el Centro Antiterrorista (CTC) de la misma CIA fue conminada a desarrollar una propuesta destinada a “a escoger y entrenar agentes correctos en los lugares adecuados”. Entre agosto de 1998 y el 11 de setiembre del 2001, el número de personas se duplicó con un programa de alcance nacional para tareas antiterroristas “en ambientes hostiles”.

Se buscó personal experimentado, versado en lenguas y culturas de oriente medio y asiático. Asimismo, se hicieron cursos de 8 semanas sobre operaciones antiterroristas. Clinton incrementó en un 250 por ciento el número de agentes antiterroristas y aumentó en 350 por ciento el presupuesto, mientras que el FBI pasó de 118 millones a 286 millones de dólares.

Los puestos de apoyo y agentes especiales en antiterrorismo se duplicaron entre 1993 y 1999, e incluso el FBI creó la Unidad Bin Laden, con 19 personas en actividad exclusiva. Por si esto fuera poco, se crearon grupos antiterroristas conjuntos para facilitar la colaboración entre el FBI y los departamentos municipales de 35 ciudades donde había sospechas sobre residentes afganos.

Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Pakistán prestaron colaboración aportando datos sobre Laden fuera de Afganistán y aceptaron presionar al gobierno talibán.

Washington, en julio de 1999 sancionó unilateralmente a la aerolínea afgana cerrándole derechos de aterrizaje, debido a que el gobierno afgano se negaba, una vez más, a entregar a Laden.

Sólo los jerarcas talibanes obtenían visas por causas religiosas, pero sus cuentas estaban intervenidas y sus recursos financieros controlados.

Pakistaníes tras de Laden 

El gobierno de Pakistán, en 1999, de manera reservada, envió a Afganistán 60 hombres para capturar a Laden, pero en octubre de ese año la misión fue abandonada, tras el derrocamiento del presidente Nawaz Sharif en 2001. Lo había derrocado Pervez Musharraf. 

En el 2000 Clinton -contra el consejo de su Servicio Secreto-, viajó a Pakistán para presionar personalmente a Musharraf, a los efectos de que cooperara con la captura de Laden.

El Servicio Secreto entendía que otros gobiernos considerarían que EE.UU., estaba legitimando –con la presencia del presidente norteamericano-, el golpe pakistaní. Así y todo, Musharaff se negó a dejar de apoyar a los talibanes.

Musharraf había prometido en su asunción instaurar un gobierno civil, después de las elecciones de octubre de 2002. Sin embargo, en abril de ese año se aferró al poder, prolongando su presidencia por cinco años más y en 2004 se retractó de su promesa de abandonar su cargo de jefe del ejército.

El resultado no se hizo esperar: Los talibanes ganaron popularidad y la Alianza Islámica aumentó sus bancas en la Asamblea Nacional de 2 a 45 escaños, sobre un total de 272, a la vez que tomó el control de la provincia fronteriza del nordeste afgano que limita con Kandahar e, incluso, sus dirigentes formaron una coalición con el partido de Musharraf.

EE.UU. trabó embargo de armas al régimen y redujo las relaciones diplomáticas. Era diciembre del 2000 y Clinton estaba a un mes de dejar el cargo.

Nancy Soderberg junto al ex presidente Bill Clinton, en el salón Oval de la Casa Blanca

Bush, durante sus dos primeros años en el poder, mantuvo a los submarinos disponibles, provistos los misiles en el norte del Mar de Arabia y utilizó la tecnología de inteligencia aportada por Clinton.

Nancy Soderberg, en el segundo mandato de Clinton había sido designada para alcanzar acuerdos con los talibanes y se decidió hacer las reuniones en la denominada “Sala informal”.

Un lugar pequeño, muy bien iluminado, donde sólo había una mesa y sillas en las que cara a cara los diplomáticos trataban los temas más álgidos.

En algunos casos se agregaban los intérpretes –tras cabinas vidriadas-, y a esas reuniones no se negaron a concurrir ni los rusos, representados por Sergey Larov. En esa sala Ad Laiste Venson se hizo famosa, al revelar la existencia de los misiles cubanos en 1962.

Las reuniones tienen vista al East River, pero las ventanas están siempre cerradas para evitar ataques externos.

Volviendo al meollo de la reunión, hay que decir que los talibanes designaron como representante en esa oportunidad a Burhanuddin Rabbani, quien fue destituido cuando, en 1996, los talibanes se apoderaron de Kabul. El acuerdo fue de 13 a 0, con la abstención de China y Malasia.

En los últimos días de junio de 2001, se le señaló a los representantes de los talibanes en el régimen pakistaní, que se “los consideraría responsables de ataques terrorista de Bin Laden” y “que pusieran el acento en las amenazas a estadounidenses en Afganistán”.

Ataque inminente 

El FBI, el 2 de julio del 2001, dio cuenta que un agente del CTC, en Afganistán, avisó que se estaría por provocar una agresión el 4 de julio en territorio norteamericano. El día 3 hubo una reunión urgente y en ella se indicó que “se seguían haciendo los preparativos del ataque”.

Finalmente, la agresión no pudo ser detenida, a pesar de que el FBI tenía pistas que la burocracia impidió que fueran interpretadas como un complot.

Y el 10 de julio un agente del FBI en Phoenix avisó al cuartel general que se debía “investigar a islámicos que recibían entrenamiento en escuelas de vuelo de Estados Unidos”.

El memo fue enviado por comunicación electrónica a cuatro empleados de la Unidad de Fundamentalistas Extremistas del FBI, en Nueva York para que alertaran sobre las escuelas de aviación civil y la posible infiltración de Al Qaeda. El documento habría sido ignorado, ya que el jefe de la dependencia lo leyó luego del 11-S.

Luego pudo saberse que los pilotos tenían órdenes de llevar un avión a Afganistán y, si ello no fuera posible, debían hacerlo explotar.

El regreso de refugiados 

Más de 2 millones de refugiados regresaron a Afganistán, luego de la derrota de los talibanes y fueron ayudados con la provisión de alimentos, viviendas dignas e integración a fines del 2002, en el marco de un severo invierno y, paralelamente, para mejorar la seguridad, se inició el entrenamiento de la policía.

Mapa del montañoso y escabroso territorio de Afganistán en el extremo oeste de Asia

El presidente Hamid Karzai, el 13 de junio de 2002, juró para tomar posesión del cargo y George Bush, en lugar de continuar con la persecución de Laden en las montañas de Tora Bora, para asegurar la estabilidad, decidió invadir Irak.

Karzai había sido un combatiente antisoviético, monárquico y pastún del sur, elementos que le permitieron lograr el apoyo de la población afgana.

La asunción 

La puesta en funciones de Karzai fue la resultante de una convocatoria de las Naciones Unidas a facciones afganas que se reunieron, a fines de 2001, en Bonn, Alemania para aprobar un acuerdo el 5 de diciembre de ese año para tomar decisiones y acordar lineamientos en un gobierno de transición y para elaborar una constitución.

El acuerdo también preveía la puesta en marcha de una fuerza internacional que brindara seguridad en Kabul, a lo que se sumaba el apoyo estadounidense a los cabecillas regionales del interior de Afganistán. Lamentablemente, para los habitantes del país que nos ocupa, algunos de esos líderes convocados ignoraron a Karzai.

Millones de dólares en asistencia 

A pesar de la falta de apoyo a Karzai, Estados Unidos aportó 350 millones de dólares a Afganistán. Es más, se autorizaron otras remesas por un total de 3.470.000 dólares entre 2003 y 2006, junto a 400 mil toneladas de alimentos básicos y se repararon 7.000 kilómetros de caminos, junto a la reconstrucción de 70 puentes, la rehabilitación de 11.000 pozos de agua, canales, diques y sistemas de agua corriente.

Actualmente, -como ya lo adelantamos en esta columna-, con el retiro de tropas estadounidenses, por decisión unilateral del presidente Joe Biden, Afganistán volvió a convertirse en un polvorín con más de 1.000 muertos, en un solo día, por las armas talibanes.

Los intereses norteamericanos en el extranjero pueden, con esta decisión del gobierno de Biden, ser víctimas de reacciones violentas por la creciente hostilidad musulmana, a la que no se la atacó debidamente en los flancos político y financiero.

Las causas profundas de un Estado afgano fallido no merecieron un sostenido compromiso de Biden y quizás por ello, entre otras motivaciones tanto o más profundas, la muerte comenzó nuevamente a ser dueña de Afganistán. Hoy por hoy, Afganistán sigue marcada por la violencia endémica, la anarquía, la pobreza extrema y el gobierno bañado en debilidad. Evidentemente, una de las lecciones que dejaron Afganistán y el 11-S es que países como Afganistán conmina claramente los intereses de los democráticos y tratan de desestabilizarlos. (Jackemate.com) 

[1] Una columna periodística reciente avanzó sobre la cuestión y en la misma se desarrolló el camino que se siguió para lograr la autorización presidencial de varios gobiernos occidentales y orientales.

[2] Las misiones del Predator fueron explicitadas en una anterior columna de Jacke Mate.

[3] Cohen. Secretario de Defensa y Hugh Shelton, jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos. El mito de la Superpotencia.

 

(*) Licenciado en Periodismo – rimar9900@hotmail.com

 

 

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