Por Eugenio Malaponte (*)

Como el rey del cuento de Andersen, presidente, gobernador e intendente, gozaron de altos niveles de popularidad. Pero el tiempo los mostró desnudos, y la clase política suma un nuevo fracaso. Hay un cuento de Hans Christian Andersen que trata de un rey al que unos pícaros comerciantes le venden un traje imaginario, convenciéndolo de que vale cada peso debido a una particularidad inigualable: es invisible para los estúpidos.

Con su traje “puesto” y pleno de felicidad, el rey camina en pose de grandeza frente a su gente. Y el pueblo, para no demostrar estupidez por no ver el traje, aplaude a rabiar al soberano.

Finalmente, todo termina cuando un niño grita: “¡Pero si el rey está desnudo!”, dejando en evidencia la estupidez del gobernante y de los gobernados.

En la Argentina, la Pandemia de Coronavirus fue el traje invisible que hizo sentir cómodos a los gobernantes por unos meses: altos niveles de popularidad, sentimientos paternalistas en la población atemorizada, chivo expiatorio para desviar la atención sobre cuestiones non sanctas, etcétera.

Pero a la larga los argentinos nos encontramos con una realidad chocante y concreta: el Gobierno está desnudo y es un estúpido, tal como el rey del cuento.

Desnudo, porque como nunca antes el ciudadano argentino tiene la posibilidad de comparar la eficacia de su gobierno en relación a otros gobiernos del mundo.

Hoy la Argentina es uno de los países con más infectados por Coronavirus, pero además es uno de los que menos testea, y el único que hizo una cuarentena tan larga.

Y estúpido, porque el Estado nacional hizo absolutamente todo mal en el manejo del virus: cerró tarde las fronteras permitiendo que lleguen contagiados del exterior; no testeó para encapsular los contagios; tomó la decisión de encarar una cuarentena absoluta que demolió la economía cuando el virus era sólo una amenaza, y ahora que es una realidad concreta ya no le puede pedir a la población que se quede en casa.

Por su parte, la provincia de Santa Fe, que se da el lujo de regalar cinco millones de pesos por mes a cada senador para que reparta cual Papá Noel, no tuvo los recursos suficientes para blindar las fronteras y evitar que ingresen contagiados del AMBA.

Y, finalmente, el Gobierno de la ciudad de Rosario primero demostró su incapacidad para reaccionar ante el humo y los incendios. Y luego reafirmó esa incapacidad con medidas insólitas para controlar el virus como la limitación horaria de comercios, bares y restaurantes, que aparte de fundir a muchos sectores se tradujo en un enorme crecimiento de encuentros clandestinos sin ningún tipo de prevenciones.

No es casualidad que los tres órdenes del Estado argentino se muestren desnudos y estúpidos. El problema de fondo es siempre el mismo: el sistema político. Si seguimos permitiendo que La Política S.A. maneje nuestros destinos… todo va a empeorar.

Ellos prefieren que el Estado crezca en tamaño para sostener sus estructuras políticas, pero eso genera un gasto insostenible y una ineficiencia atroz.

Es hora de iniciar el cambio, de derrumbar el viejo orden y crear un Estado nuevo. Se pudo antes y se puede ahora. Sólo debemos decir HASTACA. (Jackemate.com)

 

(*) Abogado – www.hastaca.com

 

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