Por Ricardo Marconi (*)

La política del presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, está siendo por estas horas evaluada minuciosamente por la Organización de las Naciones Unidas y las fuerzas militares que conforman el Tratado del Atlántico Norte (NATO), desde que se tomaron decisiones y acciones concretas, inconsultas y definitorias en torno a Afganistán y los talibanes.

Ello es así, debido a que EE.UU., con sus movimientos militares y diplomáticos, implicaron poner en funcionamiento una nueva estrategia global para continuar liderando el orbe, en función de la necesidad de concluir con lo que se entienden como “guerras infinitas”. 

El mecanismo puesto en marcha se concentra en aplicar la diplomacia y consensuar el control del armamento, fundamentalmente con la temática de la reducción de armas estratégicas con Rusia, China y Corea del Norte.

Esto es así en razón de que está a punto de expirar un acuerdo internacional en ese sentido, por lo que Biden brega por extenderlo por un quinquenio.

A ello se agrega su proposición de incorporar a su país al Acuerdo de París sobre el cambio climático y a la voluntad de regresar al Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

El muro y la contracara 

Otra de las cuestiones sobre las que Biden procura sobreponer modificaciones, entre ellas la de detener la construcción del muro fronterizo con Méjico para revertir la política migratoria con ese país.

El Departamento de Seguridad Nacional norteamericano, según trascendidos, mantendría por el lapso de 3 a 5 años, fuerzas militares en la frontera con Méjico e incluso se facilitaría el ingreso de nacionales de ese país a Estado Unidos.

La contracara ha sido el lanzamiento de ataques aéreos en Siria para eliminar a las presuntas milicias pro-Irán, luego que las mismas hicieron lo propio contra una base norteamericana en Irak.

El presidente estadounidense fue autorizado por la Defense Security Cooperation Agency para vender misiles a Egipto por la suma de US$ 197 millones de dólares, teniendo en cuenta que se trata de un socio en el Medio Oriente.

También, a Arabia Saudita, le habría vendido US$ 34.000 millones de dólares en armamento. La medida se consideró, teniendo en cuenta que el adquirente es un promotor de una guerra en Yemen y esto expone, con meridiana crudeza su rivalidad con Beiging que –como adelantamos en una columna de Jacke Mate.com-, ha reconocido a los talibanes con el claro objetivo de reemplazar la geopolítica por valores económicos, aun a costa de que Afganistán se convierta, a mediano plazo, en un reservorio terrorista sin control, con lo que sufrirían los estados fronterizos.

Todo esto se haría para establecer un nuevo paradigma: Sostener la primacía militar, luego de salir de Afganistán del peor modo. (Jackemate.com)

 

(*) Licenciado en Periodismo – rimar9900@hotmail.com

 

 

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