Por Ricardo Marconi (*)

Cuando transcurría 1940, el primer ministro británico Winston Churchill, convencido del nivel de importancia que poseía la utilización de espías operativos para combatir a la Alemania de Adolf Hitler, ordenó la creación del Special Operations Executive (SOE).  El SOE es la Dirección General de Operaciones que tenía el objetivo de llevar adelante acciones directas de espionaje, sabotaje y reconocimiento contra las potencias del Eje en Europa ocupada por el nazismo.

Llegó a contar entre sus agentes a alrededor de 13.000 hombres y mujeres que se desparramaron por todo el territorio ocupado, permitiéndole llevar adelante tareas de infiltración a favor de los aliados en tiempos de la Segunda Guerra Mundial.

Churchill los denominaba “Los Irregulares de Baker Street” y llegaron a ser casi un total de un millón de infiltrados.

El primer ministro, a sus obligaciones ministeriales, tenía agregada una tarea muy poco conocida: Era el encargado de leer las transcripciones interceptadas secretas en bruto todas las mañanas, apenas ingresaba a su despacho, en el 10 de Downing Street.

La máxima autoridad ministerial recibía, antes que llegara a su trabajo, una caja que tenía una marca con la insignia de la reina Victoria. Nadie estaba autorizado a abrirla y Churchill poseía una llave especial que llevaba colgada de un aro, en la cintura.

Huevos de oro

La caja contenía las últimas comunicaciones del enemigo que él denominaba sus “huevos de oro” y tras abrir la caja convocaba a Sir Stewart Menzies, al que todos conocían como “C”, -nombre en clave del jefe de la inteligencia inglesa-, con el que se enfrascaba en el análisis de las mismas.

Juntos evaluaban los datos secretos obtenidos de los italianos y de los japoneses y, a partir de 1943, de los alemanes. Así, los dos conocían al dedillo lo que ocurría, día a día en la guerra en todos los frentes.

Hambre de secretos

Churchill desarrolló un hambre insaciable por los datos secretos e, incluso, vigilaba a los países neutrales como Irlanda, Turquía, Portugal, España y la mayoría de los Balcanes. También recibía datos desde América del Sur.

Y como si esto no alcanzara, el primer ministro había ordenado espiar a los aliados. Recibía informes de los franceses De Gaulle, de los holandeses y de los checoslovacos, incluso cuando se entrevistó con Roosevelt, en la costa de Terranova, pidió a sus servicios de inteligencia que ese día le enviaran también la caja especialmente pesada, por si el avión en que iba a viajar fuera derribado en el mar, los documentos se hundieran inmediatamente.

El estatuto de Churchill 

El interés del primer ministro inglés por el espionaje de señales no nació con su cargo ministerial. Todo comenzó en 1914, cuando el joven Winston generó el denominado Estatuto de la Habitación 40, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, fascinado por la necesidad de conocer los secretos del enemigo a partir del Sigint, según el mayor experto en criptografía de apellido Kahn.

El Ejército y la Marina tenían en Estados Unidos unos 400 descodificadores en la Primera Guerra Mundial y para la II Guerra Mundial pasaron a tener 16.000.

Incluso, en este campo, Churchill escribió en Their Finest Hour. Así, en la guerra de señales, todos los días se ganaban y perdían batallas ininteligibles para el común de los mortales. Sin embargo, si no se hubieran descifrado mensajes, el esfuerzo de muchos pilotos y la bravura de los soldados habrían sido en vano.

El Reino Unido, por otra parte, siempre suministró muy poca información sobre los secretos del último cuarto de siglo. A tal punto que la cultura del secretismo subsistió, como un reflejo condicionado, en el período de posguerra.

En abril de 1943, EE.UU., se incorporó a la lucha armada y por ello se envió una misión a Bletchley Park, a cargo de William Friedman, el criptoanalista norteamericano más brillante de la época, aunque, vale aclararlo debidamente, su verdadero nombre era Wolfe Frederick Friedman y había nacido en Rusia y emigrado a Pittsburgh en 1893, junto a Elizabeth Smith, quien en el tiempo se convertiría en su esposa.

Con él viajo el coronel Alfred Mc Cormack jefe de la Rama Especial del Servicio de Transmisiones, quien revisó el sistema de señales tras los sucesos de Pearl Harbor y junto a ellos hizo lo propio Telford Taylor, con sólo cinco meses de formación.

Telfor se hizo famoso, luego de finalizada la Segunda Guerra, actuando como fiscal jefe en los juicios por crímenes de guerra de Nüremberg. En la guerra había sido el enlace entre el Reino Unido y Estados Unidos, en el área de señales de inteligencia.

Para que el lector tenga una idea de la importancia que se le daba al tema en Inglaterra, Bletchey Park tenía 5000 empleados y era el más desarrollo en el área que nos ocupa.

Fue en ese cónclave que se logró un acuerdo, denominado BRUSA, para evitar la duplicación de esfuerzos, diferenciando áreas geográficas para coordinar el intercambio de datos confidenciales e información hasta 1995, año en que dejó de ser secreto y se hizo público por parte de la NSA.

Los secretos de “Enigma” 

David Owen, el ex ministro de Exteriores del gobierno laborista inglés, recién en 1978, autorizó a admitir a las personas que habían trabajado con el material de la máquina “Enigma”, -utilizada para descubrir las encriptaciones en la época de la Segunda Guerra Mundial-, en 1978, que habían hecho esa labor.

En la primavera de 1941 cuatro hombres de la Marina y del Ejército estadounidenses cruzaron el Atlántico, al mando del matemático Abraham Sinkov, llevando una reproducción de una máquina decodificadora de la diplomacia japonesa conocida como Purple, que convertía un texto normal en uno codificado.

Se lo regalaron a los decodificadores de Bletchley Park y los ingleses le dieron un equipo criptológico avanzado, para que lo utilizaran en la agencia de Arlington Hall, un colegio de mujeres adaptado de Arlington, Virginia.

La Purple se utilizaba para cifrar comunicaciones diplomáticas y si uno tiene a su disposición los medios de pasar a códigos una comunicación, puede operar a la inversa y descubrir como descifrar ese código.

Ese acuerdo selló el comienzo de un equilibrio del espionaje global y del poder de la Guerra Fría. Inglaterra había reunido un equipo de criptógrafos para descifrar códigos alemanes y japoneses. (Jackemate.com)

 

(*) Licenciado en Periodismo – Posgrado en Comunicación Política

 

 

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