Por Ricardo Marconi (*)

Aunque no había motivos graves para un alzamiento, la indiada de San Javier –sede de reducciones indígenas- generó una explosión revolucionaria, cimentada en la falta de trabajo que, obviamente, derivaba en hambruna.

Los comisarios, dependientes del jefe político, coronel Martín Hernández, sumían en el maltrato a los aborígenes, complementándose el caldo de cultivo de la violencia con la falta de cumplimiento de promesas de caudillos políticos insensibles.

El encarcelamiento de indios “rebeldes” degeneró en un alzamiento de los “mocovíes” de San Martín Norte y tobas que vivían en una toldería cercana, los que fueron incitados por “hechiceros y adivinos”, junto a curanderos y augures, acompañado de otros que habían recibido prebendas, luego perdidas.

Así, los aborígenes fueron cercando, lentamente San Javier hasta el 20 de abril de 1903. La tensión humana se percibía entre la población atemorizada.

El 21 se desencadenó un malón de proporciones dantescas y la policía y vecinos, con un esfuerzo que implicó numerosas muertes, repelió milagrosamente el ataque.

Sobre las últimas horas de la tarde, aún entre el olor a pólvora y sangre reseca, los quejidos desgarradores de los heridos graves y los mutilados, la población con el terror en sus almas, en un número cercano a 200, se congregaron y lograron alcanzar puntos en común para elaborar una nota al gobernador Rodolfo Freyre, al que le pedían una urgente intervención, ya que –decían- estaban “inmersos en un pánico insoportable ante la posibilidad cierta de un nuevo ataque”.

Rogaban los comerciantes, estancieros, colonos y habitantes, el traslado de los indígenas sublevados “para seguridad de nuestras familias e intereses”, tras lo cual agregaron que “V.E. preste atención a esta justa petición o de o contrario se emigrará a puntos donde haya seguridad personal”. [1] 

Las autoridades también informaron al gobernador que “con 45 hombres, convenientemente distribuidos, en seis cantones, logramos contrarrestar el ataque que nos trajeron esos indígenas en un número de 500, armados con lanzas y armas de fuego.

En la refriega murieron 12 asaltantes, entre ellos el cacique Juan López, motivando ello la huida hacia el oeste de San Javier”

El diario “Nuestra Época”, publicó luego un artículo en el que fueron aclarados algunos aspectos del origen del lanzamiento y en los mismos se hizo mención a “un sujeto de dudosos antecedentes, quien fue comisionado por otro interesado en que se altere la tranquilidad pública”, provocando un desacato masivo y armado contra la policía.

Misión San Martín Norte

Los hechos se aclararon aún más cuando fray Ventura Giuliani, religioso franciscano, encargado de la misión de San Martín Norte, se dirigió al gobernador para denunciar que  los indígenas estaban nuevamente  en San Javier y “la culpa de todo las tienen  Juan Andrés, Domingo Pérez y Francisco Golondrina”, junto con otros indios de San Javier, constituidos en adivinos, quienes mandaron chasques para que los indios de la zona concurrieran a San Javier, donde estaban concentradas las fuerzas rebeldes”.

“Los adivinos, aprovechándose de la ignorancia y de temores ancestrales –subrayó- les aseguraron a los indígenas de San Martín, que, si no participaban de la rebelión, morirían todos en un diluvio que se produciría en una fecha establecida por ellos”.

A su hora, y según surge de documentos históricos, el coronel José María Pérez, comunicó al gobernador “desde el teatro de los acontecimientos, que se enterraron 18 cadáveres y si bien no se sabe el número exacto de muertos y heridos, ha habido necesidad de amputar piernas”.

Los diarios de esa época, colocados en la vereda de la oposición, le adjudicaban a la revuelta un número de indios cercano a los 1.200 y, especialmente el periódico “Unión Provincial”, sostuvo que la rebelión había revelado una acción inteligente.

Desde las jefaturas de policía de San Justo, Reconquista, Vera y Garay, partieron comisiones armadas y desde la capital fue botado el vapor “Alcaráz”, junto a un convoy con policías y guardiacárceles, rumbo a San Javier.

“Nueva Época” refirió en sus crónicas que “llegó para su internación, en estado delicado, uno de los más audaces indios que atacó con el malón: Carmelo Villalba, una víctima más de la sugestión dañina de los seudos adivinos”. [2] 

Alcides Greca, autor de la obra “Viento Norte”, en uno de los capítulos hizo referencia al malón de 1904, en la que relataba que “al venirse encima la indiada hubo un toque de clarín, que sonó en la policía.

En las casas había mujeres desmayadas. Otras salían a la calle a los gritos, clamando por sus hijos encerrados en la escuela.

“Empezaron a asomar gentes en las azoteas –continuó Grela- y las miradas se dirigían a los ranchos del Sud. Desde el barrio mocoví llegaba un zumbido amenazador. De los toldos surgían indios armados con chuzas y bolas. Se veían paicas y chicuelos que corrían hacia la casa de Golondrina”.

“El pelotón de soldados se alineó en la bocacalle de la jefatura y en las casas de azotea se formaban cantones, echándose mano a toda clase de armas. Largos alaridos partían del arrabal indígena”.

“En la capilla de Golondrina la indiada remolineaba. No menos de 800 indígenas erizaban sus chuzas amenazando a San Javier. Algunos pelotones corrían por los alrededores poniendo sitio al pueblo. Por suerte no se veían fusiles ni escopetas. Los indios cumplían las instrucciones del Tata Dios, quien les aconsejó que fueran a la lucha con sus armas tradicionales. Las balas iban a volverse barro en el momento de la pelea”.

Reclamo de los aborígenes

La historia hace mención a que los salvajes reclamaban que largaran a los indios presos y se les dé una tropilla de yeguas para comer, ya que estaban hambrientos. La devolución de las tierras que les había otorgado el gobernador Oroño podía discutirse luego con las autoridades del gobierno.

Los indios se lanzaron al ataque, pero la milicia policial con sus disparos no los dejó llegar. Casi todos cayeron en el camino y no lograron el objetivo que tenían los mocovíes, producir una lucha cuerpo a cuerpo que les daría la victoria.

Los caciques Salvador y Ananoque pronto advirtieron que se iban quedando solos. Enfilaron hacia San Javier y se lanzaron al agua.

Los de la torre, que vieron caer los indios al río, les lanzaron una lluvia de balas de máuser. Luego el clarín tocó diana. Todo había concluido.

La historia de los malones fue secular. En lo que hace al Río de la Plata, al igual que en el resto del continente, los ataques organizados por los indios tuvieron lugar desde el inicio de la conquista española.

Santa Fe -el lector habrá advertido-, no estuvo ajena a las correrías de la indiada y así, desde la primitiva ciudad, como en el nuevo asentamiento, sufrió el ataque pertinaz de los salvajes.

Precisamente, el traslado de la primera ciudad, fue el resultado del constante asedio de los indios, los robos que ocasionaban, sus matanzas y el permanente miedo en el que vivía la población.

A pesar de estar defendida la nueva ciudad por una barrera natural de ríos, los salvajes continuaban sus ataques a mansalva para lograr sus depredaciones por el sector norte de la ciudad.

Organización del país

Concretada la organización constitucional del país, el iniciado asentamiento poblacional de la tierra con centenares de colonias agrícolas, los malones continuaron con sus ataques, pero en menor medida, gracias a que se habían sumado los sacerdotes a las tareas apostólicas, a la que –vale recalcarlo- se resistían los caciques rebeldes del territorio chaqueño.

Regresando a Hernández, con quien iniciamos este capítulo, nos resta decir que había nacido en Santa Fe el 10 de noviembre en 1862, y había cursado sus estudios en su ciudad natal. Continuó la carrera de armas en el Batallón Guardia Provincial de Buenos Aires, logrando en 1875 el rango de subteniente.

Tres años más tarde fue transferido al Regimiento de Caballería, dónde ascendió a alférez, en 1880, año en el que también ascendió a teniente 2º, grado con el que cumplió varios destinos militares.

Se lo promovió a capitán en 1886 y en octubre de ese año cumplió funciones en el Colegio Militar de la Nación, más precisamente en Palermo.

Completó estudios superiores para lograr egresar como oficial, ingresando a la Plana Mayor en 1892, año en que fue destinado a la Junta superior de Guerra, siendo ascendido nuevamente a teniente coronel el 26 de marzo de 1895.

Fue jefe del Regimiento 6 de Caballería, destacado en Tostado y pasó luego a Tacumán, provincia de Chaco, para regresar nuevamente a Tostado. En 1902, el ministro de Guerra, general Pablo Ricchieri, le ordenó reorganizar el Cuerpo de Granaderos a Caballo, tras lo cual se lo promovió a coronel, el 11 de septiembre de 1903.

El militar que nos ocupa fue jefe Político de Rosario en 1904. En ese tiempo histórico y en una zona de suburbios de dicha ciudad, ocurrió el crimen de Salvador Alfonso, quien un mes antes de su muerte había llegado de Italia con su esposa –que era también su sobrina- y dos hermanos de su mujer.

En dicha ciudad lo esperaba en el puerto su hermano Antonio Alfonso, enredado en una turbia relación con su cuñada. El hombre logró escapar del Departamento de Policía, pero un grupo de policías lo alcanzó en una plaza vecina.

Mientras transcurría 1906 se desempeñó Hernández como diputado nacional por Santa Fe hasta 1910 y su último cargo fue en la Intendencia de Guerra, tras lo cual pasó a retiro el 26 de marzo de 1912. Falleció en Buenos Aires, el 30 de noviembre de 1922. (Jackemate.com)

 

[1] San Javier, 28 de abril de 1904

[2] Periódico “Nueva Época”. 27 de abril de 1904.

 

 (*) Licenciado en Periodismo – rimar9900@hotmail.com

 

 

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