Por Ricardo Marconi (*)

Sin duda, fue uno de los casos estruendosos para la época en que ocurrió. Un grupo de delincuentes armados robó el 8 de setiembre de 1932 el dinero que debía ser destinado a sueldos de operarios del ferrocarril. Tres individuos, que simularon ser obreros, llegaron a los talleres del Ferrocarril Central Argentino, vestidos con camisas y pantalones azules, al igual de como vestían los mecánicos. Los malvivientes se mezclaron disimuladamente con los obreros y se dirigieron al sector de la carpintería donde se estaba por concretar el pago de remuneraciones a los operarios.

Cada uno de los ladrones utilizaba bigotes postizos y lentes ahumados y se dedicaron a controlar el sector donde se hallaba el vehículo que tenía parte de los sueldos, esto es frente a la oficina del ingeniero jefe de los mecánicos, lugar donde, además, había cuatro soldados armados.

Dos parejas de pagadores, salieron de los talleres y los asaltantes, no experimentados, se pusieron nerviosos y decidieron robar a los pagadores Luis Campogrande y Alfredo Remy quienes portaban las sacas con el dinero destinado a pagar el mes de trabajo de alrededor de 90 empleados de la carpintería.  

Un asalto rápido y en efectivo  

“Arriba las manos, no se haga matar”, le gritaron al unísono a Campogrande y el pagador les entregó las dos cajas con los sueldos que alcanzaban la suma de 23.000 pesos, mientras, paralelamente, los custodios eran reducidos.

En las cercanías de la intersección de Catamarca y Corrientes, un cuarto cómplice tomó un taxi que conducía un siciliano de 33 años al que le solicitó que lo trasladara a Echeverría y Junín.

La novia trucha 

Al conductor, el cliente le dijo que concurría a buscar a su novia, que trabajaba en una fábrica. Llegado al lugar el conductor apagó el motor para esperar a la presunta novia, aunque luego de un rato, el siciliano se quiso retirar del lugar.

Fue cuando el ocupante lo amenazó de muerte con una pistola e instantes después desde el sector del muro de los ferrocarriles, que daban a Echeverría, aparecieron los tres asaltantes corriendo y tras subir al taxi, le dijeron al conductor que acelerara.

Este último, a pesar de estar atemorizado, logró reunir fuerzas internas, abrió la puerta, se arrojó a la calle de tierra y escapó corriendo. El taxi, abandonado, fue encontrado por las autoridades policiales en la zona de Fisherton.

La policía, en su indagación del hecho, estableció que los delincuentes habían actuado con celeridad y quizás asesorados por algún obrero de la empresa. Luego de un tiempo prudencial, la investigación se frenó como si hubiera llegado a un punto sin salida.

La presencia inesperada 

Y cuando todo parecía que el robo caería en el olvido, en noviembre de 1933, un hombre se presentó y pidió hacer una declaración en la División de Investigaciones, oportunidad en que explicitó que uno de los ladrones del ferrocarril vivía en la ciudad de Buenos Aires.

El dato fue corroborado e identificado en relación con el episodio delictivo Anacleto López, un boxeador español de 27 años, quien con la parte del botín que le correspondió admitió que había comprado la pensión -donde se hizo el procedimiento poco tiempo después de ocurrido el robo calificado.

Los policías, tras interrogar a López, lograron que admitiera su responsabilidad en el hecho y confesara quiénes eran sus cómplices: Luis Sebastián Carrión, un español, de 29 años, y Luis Bourrouhil, de 31 años, a quien se agregaba Avis Ceballos, otro español de 27.

El diario de Rosario dio cuenta que en nuestra ciudad se concretó la detención del resto de la banda y Carrión, un destacado futbolista de Newell`s y sobresaliente boxeador, ganador de la categoría pluma en Gimnasia y Esgrima, junto al restante cómplice: Bourruhil, fueron condenados.

Memorias de un ángel infame 

Tras las rejas, Carrión comenzó a escribir sus memorias, que publicó bajo el título de “El ángel infame. La autobiografía del capitán de la banda que asaltó y robó 23.000 pesos a los pagadores del ferrocarril Central Argentino”. 

Sus memorias no se limitaron al asalto. Alcanzaron también a su infancia, pasando por su afiliación gremial e incluso dedicó el trabajo a una vecina, Catalina, de la que estaba enamorado.

La joven pertenecía a la clase alta y el “ángel infame” fue empujado al robo para enviarle dinero a un hermano que estudiaba en Italia y también destinó parte de lo sustraído a entidades benéficas y a sectores humildes. (Jackemate.com)

 

(*) Licenciado en Periodismo – Postítulo en Comunicación Política

 

 

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