Por Ricardo Marconi (*)

Los criminales más avezados se reunieron en la ciudad de Chicago, en 1931. No era una reunión más, ya que estaban los capos sicilianos y, a la vez, se reencontraron los iniciados en los barrios bajos de Nueva York y de Chicago, entre los que se encontraba un mafioso que crecía en el submundo a pasos agigantados: Dutch Schultz.

A la convocatoria habían sido invitados mafiosos de orígenes disímiles, entre ellos había negros, portorriqueños y latinos de otros países que habían concurridos para ocupar puestos que habían quedado libres. Incluso hasta había hijos de mafiosos europeos ya instalados definitivamente en Estados Unidos.

Un destacado de la reunión 

Precisamente Schultz fue uno de los personajes más siniestros que del hampa americano. Se abrió de las bandas del “Piojoso Meyer” y del “Piojoso Sieguel”, como él los denominaba.

Era un hampón fanfarrón, vanidoso, sucio e insaciablemente egoísta, pero hábil en su oficio, según la consideración generalizada de sus enemigos.

Asimismo, los que no lo querían, le reconocían que había sido el primero en ver las inmensas posibilidades que ofrecía en lo económico la Quiniela y el de ser el primero en organizar sistemáticamente las coacciones a los dueños de los restaurantes, generando un organismo de “protección” que pasaba a cobrar mensualmente por todos los negocios que no querían verse obstaculizados por huelgas o por “bombitas de mal olor” a la hora de almorzar o cenar en los restaurantes.

Cuando Thomas Denwey comenzó a perseguirlo por evasión de impuestos Schultz quiso asesinarlo y la Cosa Nostra’, ante el peligro que implicaría para el submundo mafioso ese hecho, lo sentenció a muerte.

Fue baleado el 23 de enero de 1935, en el interior de un bar de Newark, estado de Nueva Jersey, aunque la víctima tardó en morir.

Schultz, judío, convertido al catolicismo, recibió el auxilio sacerdotal en el hospital, donde su última frase fue coherente con su mafiosa vida: “Déjenme morir en paz”.

El discurso de fondo 

La concurrencia de mafiosos a la reunión de Chicago tuvo que escuchar en las postrimerías del encuentro el discurso de uno de los capos de la mafia estadounidense: “Lucky” Luciano, quien señaló: “Debemos emplear métodos más modernos para asociarnos para lograr un buen modo de vida”, palabras que arrancaron estruendosos vivas y un cerrado aplauso.

“Debemos trabajar los unos para los otros. Nos necesitamos. Hay que terminar con las muertes, ¡usemos nuestros cerebros en vez de nuestros revólveres!”.

Sus conceptos le valieron a la hora de ser ratificado por el concepto que había dominado la existencia del cerebro empresario de la mafia Meyer Lansky: “Nada de balas”.

La mudanza de Luciano 

Ni lento ni perezoso, con sus nuevas responsabilidades cargadas sobre sus espaldas, Luciano comprendió que era mejor tener una baja exposición pública y se mudó al Waldorf Towers, una sección del Waldorf Astoria, el famoso hotel radicado en Park Avenue y la decisión trajo aparejado el disgusto a su amigo Lansky, el considerado por sus pares como el experto financiero del crimen organizado.

Luciano-que no era ningún turro-, vivió en su nuevo domicilio bajo el nombre de Charles Ross y allí eran convocados minutos antes sus lugartenientes. También recibía, bajo estricto secreto, a celebridades del cine.

Es de recalcar que las principales reuniones las mantenía con Frank Costello, su más estrecho amigo y socio en los negocios. Solos, en el mayor silencio, imprevistamente se convocaban en restaurantes italianos y judíos, llevando una vida opulenta en la cumbre de su actividad delictiva.

Convocatoria cumbre 

Así se llegó a tomar la decisión meditada de organizar una reunión cumbre en el Atlantic City, donde se asentaron las bases de una gestión corrupta.

Y a esa cumbre asistieron también los principales contrabandistas. La Detroit Purple Hang, conducida en su cúspide por Abe Berstein, estaba representada por Longie Zwillman y Dutch Schultz, junto con Al Capone.

Willie Moretti fue por Nueva Jersey y Albert Anastasia, Frank Costello, Ace Mangano y Frank Scalise hicieron lo propio por Nueva York.

La aceptación de Erickson 

Luciano y Lansky aceptaron a Frank Erickson, que reemplazaba a Arnold Hostein, quien había sido asesinado en Nueva York. Erickson no era un aprendiz.

Por el contrario, manejaba hábilmente las inversiones de Costello y en la reunión que nos ocupa propuso que se considerara su labor en el área de las finanzas de mara especial y específica.

Junto con Moisés Annenberg, de Chicago, habían organizado minuciosamente un servicio de comunicación para ser aplicado en el juego y, de esta forma, por medio de anotaciones, les permitía sincronizar las actividades de apuestas en todo el territorio estadounidense.

Ganancias siderales 

La gestión de Erickson produjo ganancias masivas en el submundo de las carreras de caballos y de los sufridos galgos, así como en el resto de los deportes. Lansky había logrado su objetivo personal: el juego. Sin duda, 1932 fue para la mafia un año excepcional.

Incluso, Luciano y Meyer, previamente a las convenciones de republicanos y demócratas se autoconvocaron con sus aliados en el Claridge Hotel de Nueva York.

Allí Lansky advirtió que “no había seguridad de que Al Smith consiguiera la nominación de su partido” y “el actual gobernador Franklin Delano Roosevelt se perfilaba como el candidato con más posibilidades”.

Acotó que el catolicismo de Smith era “una barrera para triunfar”. Por ello insistió en que se hallara la manera de apoyar “tanto a Roosevelt como a su contrincante”.

De esa manera, cualquiera que ganara el submundo lograría una posición de influencia en la Casa Blanca.

Roosevelt llegó al poder y, a pesar de ello, la mafia empezó a ser perseguida por los inspectores de impuestos y el primer atacado directo fue el gobernador de Louisiana, de apellido Long, motivo por el cual el agredido impositivamente se despachó con el nuevo presidente por considerar que lo había traicionado.

“Me prometió que me los sacaría de encima si yo lo apoyaba y ahora están sobre mí como una manada de lobos”, protestó.

Lansky y Stacher le prometieron para calmarlo, aportándole “3 o 4 millones de dólares al año y al contado”. El dinero sería depositado en una cuenta en Suiza a través de los corredores de la mafia.

El número de la cuenta sólo sería conocido por los 2 mafiosos que harían el acuerdo. Para depositar el dinero sólo hacía falta el número de la cuenta y para retirarlo se necesitaba el código que no debía estar escrito en ningún lugar. Debía estar solamente en la memoria del destinatario.

Long, impresionado por lo sofisticado del acuerdo dio carta blanca en Nueva York y ordenó la apertura del “cuarto azul” en el Roosevelt Hotel y en el Berberly Country Club de Nueva Orleans.

Con el tiempo se sumaron el Hot Springs, de Arkansas, gerenciado por Owney Maaden (a) “El asesino”. El primero de los tugurios fue el refugio para mafiosos heridos en escaramuzas que necesitaban reponerse tomando vacaciones.

La invasión de Miami 

Meyer, utilizando su técnica de elegir personalmente a sus colaboradores operativos ocupó la plaza de Miami y compró el Tropical Park.

Allí utilizó a los parientes de Madden y Erickson, así como a los de Hermán Stark-quien luego también ocupó un cargo en el casino de La Habana. Eran todos hampones de Chicago que habían sido asociados de Al Capone.  Lansky había tomado posesión de Miami Beach.

A Luciano le llegó su tiempo 

Luciano comenzó a pagar el precio de ser un exitoso “capo di tutti capi” ante los primeros escarceos de una guerra que el presidente había iniciado, sin piedad, contra la criminalidad aplicando un reforzamiento de las leyes para según sus dichos “aplastar al crimen”, con lo que ganaría reputación popular.

Los últimos momentos de vida del holandés Schultz como ‘capo mafioso’

El titular del Ejecutivo nacional norteamericano había logrado el apoyo para llevar adelante esa función específica de Thomás Dewey, senador por Nueva York, quien contaba con el antecedente de haber golpeado al submundo de la ciudad encarcelando a Waxey Gordon.

Paralelamente había dejado un mensaje para todo aquel que quisiera escucharlo y el mismo era que tenía apuntado a Dutch Schultz mientras investigaba las actividades ilegales de Luciano.

Dewey no estaba solo. Era apoyado por el alcalde local “Little Flowers” Fiorello La Guardia, que había sido elegido en 1934, momento en que había prometido a sus votantes “una batería de acciones para dar batalla contra la corrupción de Tammany Hall”, esto es la organización central del Partido Demócrata y el submundo neoyorquino.

La Guardia ordenó al comisionado policial Lewis J. Valentine enfrentar de lleno a los criminales como prioridad y Dewey, en febrero de 1936-una vez reunidos los datos necesarios-, decidió dar el golpe

Detienen al “enemigo público de Nueva York.”

Articuló el accionar de patrulleros, detectives, escuadrones especiales y agentes del FBI para arrestar al lugarteniente de Luciano, junto a centenares de prostitutas, con lo que se probaba la conexión existente entre “Lucky” y el negocio de la prostitución. Luciano se transformó en “el enemigo público de Nueva York”.

Luciano fue a parar a la cárcel y Lansky se salvó porque se mantuvo escondido, aunque sin mayor espacio de actuación.

Un “soplo” oportuno 

En el Franconia Hotel de Manhattan, en el oeste de la ciudad Lansky llamó a una reunión a sus aliados judíos. Pero hubo un “soplo” y la policía rodeó el edificio y puso a los mafiosos alineados contra un paredón.  Pero Lansky no cayó en la redada. Había enviado en su representación a su colaborador Stacher.

Los detenidos, ya en sede policial, fueron identificados y fotografiados por órdenes del capitán de la policía Michael Mc Dermontt.

Cayeron presos Bugsy Sieguel, Louis Lepke, un sujeto de nombre Phil y “el pequeño” Farvel, quienes eran hombres de Lansky. A ellos se agregaron Harry Teitelbaum y Lewis Kravitz, todos los cuales tras el interrogatorio fueron dejados libres.

La próxima víctima 

Lepke, de simple carterista barrial en el Lower East Side, pasó a ser en el tiempo una figura importante en el área de narcóticos junto a su cómplice Jacob Katzanberg.

Ellos tenían como competidores a Louis Stark, Tootsie Feinstein, Solly Gross y Benny Harris, que poseían su propia planta de opio en Brooklyn, la que fue ampliada en 1935, decisión que determinó que todo el Departamento de Narcóticos estuviera tras el tema, siendo Lepke vigilado constantemente.

Ello permitió establecer que el opio llegaba contrabandeado desde Hong Kong y de varios puertos chinos. Determinó ello, en la mafia, la decisión de pagar grandes sumas por la muerte de Lepke.

La investigación policial determinó entre los mafiosos la decisión de “sacrificar” a Lepke y la medida de “dar de baja a su amigo” fue votada favorablemente por Sieguel y Stacher. La celada la armó Lansky.

Se le dijo a Lepke que se había llegado a un acuerdo con el entonces senador J. Edgar Hoover para darle una sentencia liviana. Lepke no era un personaje mafioso brillante y aceptó el plan y en la noche calurosa del 24 de agosto de 1939 salió de su guarida.

Lepke subió a un auto que conducía Anastasia y fue conducido ante de Hoover y luego, otro vehículo, guiado por un sujeto de apellido Winchell, lo llevó directo a la prisión.

Lepke en la silla eléctrica 

Le dieron 14 años por tráfico de drogas, pero más tarde Thomás Dewey lo sentenció a 30 años más. Lepke, al final, murió en la silla eléctrica el 4 de marzo de 1944, como culpable de homicidio múltiple junto a Louis Capone y Mendy Weiss.

A todo esto, Lansky viajaba a Florida y Cuba, residencia de sus negocios, ayudado por Doc Stacher, que conducía el mecanismo de los sobornos y supervisaba los correos de dinero de Cuba a Suiza.

A mediados de junio de 1947 Sieguel voló a Los Ángeles y le anunció a su compañera Virginia que se reuniera con él allí. Por la tarde fue a la peluquería de Draker`s para hacerse la manicuría semanal en el barrio Beverly Hills. Allí, encontró a su amigo Charles, director de películas.

Sieguel Había alquilado una casa y allí concurrió para reunirse con su amigo Charles Smiley, cuando una ráfaga de balas atravesó las ventanas y dos se incrustaron en su cabeza, sacándole un ojo que se encontró a siete metros del cadáver.

El nombre del asesino oficialmente no se conoció y Lansky, interrogado, negó terminantemente toda relación con el episodio.

Esther de Sieguel permaneció fiel a Meyer cuando fue interrogada por el FBI y sólo dijo que su esposo “estaba estrechamente asociado a Lansky”.

Tres años después, al ser interrogado por el Comité Kefauver, Smiley reconoció que se le había dado un pequeño regalo por “entregarlo”. Lo que no dijo es que el regalo consistió en tres pozos petroleros.

A todo esto, Lansky permaneció encerrado en su habitación del Hotel Nacional, donde fue interrogado por el FBI en relación con su intervención en el mundo de los narcóticos. Al FBI le dio las direcciones de sus negocios en Broadway y Nueva York.

En abril de 1959, cuando Castro fue a Estados Unidos para abrir la Asamblea de la ONU, Lansky se hallaba internado por su primer ataque al corazón. Y al nosocomio el periodismo lo llamaba para que hiciera declaraciones sobre las presuntas instrucciones que tenía para ordenar el asesinato del líder cubano.

La realidad era otra: estaba tirado en su cama recuperándose y haciendo planes para Las Vegas, la ciudad del desierto convertida en una de las más famosas del mundo, convertida en una mina de riqueza por el juego, los casinos y los hoteles.

Precisamente, el hotel que pertenecía a la mafia, pasó a ser propiedad de la Metro-Goldwyn-Mayer, donde para ir a las habitaciones se debía pasar, indefectiblemente por el salón del casino, abierto las 24 horas.

En ese tiempo no había relojes en el salón principal del casino donde se fundía la noche con el día para los jugadores. La locura allí por el juego era tan grande que muchos jugadores terminaban en algunos de los salones con un tiro en la cabeza, suicidados ante la evidencia de haber perdido todos sus bienes. (Jackemate.com)

 

(*) Licenciado en Periodismo – rimar9900@hotmail.com

 

 

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