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Por Ricardo Marconi (*)

Es poco probable que en nuestro país se conozca en profundidad la actividad de la ‘Georgetown Visitation Preparatory Scholl’, una de las escuelas católicas para señoritas más antiguas de los Estados Unidos. La institución es una agrupación de monjas católicas dedicadas a la educación gratuita que desde sus inicios se dedicó a la educación gratuita para los pobres desde principios del siglo XIX.

Establecidas en Washington las hermanas, paralelamente, se desempeñaban gratuitamente para atender a niñas que desearan aprender, incluyendo a las esclavas, en una época en que las escuelas públicas casi no existían y enseñar a leer a los esclavos se consideraba ilegal. 

Una historiadora e investigadora, vale señalarlo, no halló evidencia que relacionaran a las hermanas religiosas con la enseñanza a esclavos, pero, en su lugar encontró que habían sido dueñas, de al menos, 107 hombres, mujeres y niños esclavos.

Esa misma indagación habría permitido determinar que vendieron docenas de esas personas para costear la ampliación de la escuela y la construcción de una nueva capilla.

“Nada más que hacer que deshacerse de la familia de negros”, escribió Agnes Brent, la madre superiora del convento en 1821, cuando tomó la decisión de aprobar la venta de un matrimonio y sus dos hijos, en el momento en que la mujer estaba a punto de dar a luz a su tercer descendiente.

Historiadores han dejado trascender que casi todas las órdenes de hermanas católicas estadounidenses, a finales de 1820, tenían esclavos a sus órdenes y actualmente, las religiosas explicitan su expiación por formar parte del sistema esclavista.

Incluso han organizado conferencias destinadas a estudiantes “para perdonarse a sí mismas” por apoyar el mecanismo que sirvió para dar crecimiento a la institución escolar.

Además, digitalizaron los registros relacionados con la esclavitud, de lo que surgió que las hermanas del Sagrado Corazón tuvieron 150 esclavos en Louisiana y Missouri, con lo que lograron detectar a descendientes de esas personas y las invitaron a participar en una ceremonia a realizarse en Grand Coteau, en el primero de los Estados referidos.

Monumento 

La ceremonia permitió develar un monumento a los esclavos en el cementerio de la parroquia local y una placa en los antiguos dormitorios de los esclavos, a la vez que anunciaron un aporte para becas que destinaban a afroamericanos en su escuela católica, construida por albañiles esclavos.  

Es más, un líder provincial de la Orden admitió que “no habían reconocido a los esclavos y es por ello que les ofrecemos nuestras disculpas”.

Era presumible que varios descendientes de las víctimas declinaran participar de la ceremonia y hasta hubo monjas que no compartieron la necesidad de desenterrar el pasado esclavista de sus antecesoras. 

Asimismo, hermanas blancas se sintieron reacias a la revisión de la historia, ya que temían ser consideradas racistas, ya que piensan que la Orden “encubrió su historia” que ya había sido desvanecida en la conciencia pública en la que están incluidos aproximadamente 3 millones de católicos de raza negra que representan el 3% de los católicos de Norteamérica.

La iglesia de los inmigrantes  

La Orden que nos ocupa era la que atendía a inmigrantes irlandeses e italianos, a sus familias y a las familias negras. Sus feligreses no imaginaron que las religiosas tuvieron relación con la esclavitud, a pesar de que crecieron en el seno de familias que tenían esclavos y la mano de obra dependía de ellos.

Las Carmelitas de Baltimore, Estado de Maryland, se dedicaban a cuidar a ancianos esclavos y las Hermanas de la Caridad de Nazaret, en Kentucky mantuvieron contacto con los exesclavos que regresaron con sus familias, en 1912.

Pudo saberse que algunas monjas habrían admitido que se vieron obligadas a comprar esclavos, aunque les daba repugnancia”, según admitió Rose Philippine Douchesne, en 1822, mientras formaba parte de la Sociedad del Sagrado Corazón estadounidense y, en 1823, se estableció que las hermanas del Sagrado Corazón en Grand Costeaud también compraron la primera persona.

En 1830 las Carmelitas dieron cuenta de sus preocupaciones por tener que vender “la venta de nuestros indigentes sirvientes”, para explicar su renuncia a mudarse a Baltimore desde su plantación en la zona rural de Maryland. Para zafar vendieron 30 personas.

Las Hermanas de la Caridad de San José, en Emmitsburg, -según Rachel Swars-, una Orden fundada por Elizabeth Annseton, la primera santa nacida en EE.UU. siguieron el consejo de su superiora, quien les habría dicho que podían vender sus “chicos amarillos”, obteniendo una ganancia de entre un 10 a un 20% “sin hacerle una injusticia a nadie”.

La emancipación  

Cuando llegó la emancipación en Kentucky, las hermanas que allí se desempeñaban estaban dispuestas a reparar el daño y en el 2.000 se reunieron con otras dos órdenes religiosas para disculparse por haber esclavizado personas. Este año erigieron un monumento en un cementerio donde estaban sepultadas personas esclavizadas. (Jackemate.com)

 

(*) Licenciado en Periodismo – Postítulo en Comunicación Política

 

 

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