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Por Ricardo Marconi (*)

Sobre la vida de Carlos Gardel, en la primera parte de una investigación periodística publicada en el libro ‘El Rompecabezas de la Muerte’, dimos a conocer aspectos delictivos de su vida. En esta oportunidad, agregamos episodios que entendemos son poco conocidos del cantante que complementan la trayectoria negativa de su existencia.

Gardel fue multado en Colombia por un robo del que fue víctima su asistente. Según un funcionario policial, el por ese entonces reconocido artista debía acudir a su despacho para declarar sobre el episodio delictivo y, en razón de ello, fue conducido al departamento de extranjeros de la Policía Nacional, donde fue recibido con cortesía y despedido con aplausos.

Un día en particular, que brilla por su omisión en buena parte de las cronologías oficiales debe ser detallado:  Es el de la fría y acaso anodina tarde del lunes 17, en una no menos gélida Bogotá, ocho días antes de lo que el antropólogo uruguayo Daniel Vidart llamó “el día de los paisas llorando junto al fuego”. Gardel ansiaba la llegada de aquel lunes, su día de descanso.

«Yo le veía en su camerino, al bajar del escenario, en el frío glacial de las noches bogotanas, sudando a torrentes. Por eso su mayor alegría, su alegría de niño grande, era el día de descanso». Son palabras de Nicolás Díaz, representante en Bogotá de Cine Colombia y responsable del paso del artista por la ciudad como parte de su gira latinoamericana.

En su libro ‘Diez últimos días de Gardel’, el primer testimonio escrito acerca de la malograda tournée del Zorzal Criollo por Colombia, publicado en 1936, el empresario recuerda que Gardel «corría, saltaba como una ardilla en una jaula, hacía piruetas como un escolar en primer día de vacaciones, cantaba canciones picarescas, se transformaba, todo porque al día siguiente no tenía que trabajar».

Una jornada difícil

Es que la jornada venía apretada. El mismo día de su llegada a Bogotá, el 14 de junio de 1935, debutó en el Teatro Real. Era el final   de una tarde de locos en la que se apiñaron más de diez mil personas en el Aeródromo de Techo para celebrar su arribo desde Medellín.

La comitiva afrontó los embates de una multitud que ansiaba llevarse un pedazo del Zorzal a casa. La crónica habla de cómo el avión de Gardel tuvo que remontar un par de veces al no poder aterrizar en la pista ocupada por fanáticos; describe al gentío abriéndose paso para llegar hasta el ídolo una vez en tierra y culmina con el robo de una billetera del cantor, que en ese momento estaba en poder de uno de sus asistentes.

El asueto gardeliano

El día de asueto gardeliano llegaba, pues, con justicia, después de cinco presentaciones en tres días. Faltaban otras siete de ahí al domingo 23 de junio, sumado ello a compromisos sociales de toda índole. Había que aprovechar cada minuto: la mañana de ese lunes, otro asistente le adelantó el reloj para engañarlo y obligarlo a salir de la cama antes de mediodía, de manera que pudieran emprender el camino con tiempo hacia las afueras.

Recuerda Díaz: «Aquella mañana paseábamos por los bellos suburbios hacia el norte de la ciudad: Chapinero, Usaquén, Serrezuelita, respirando a pleno pulmón el aire seco y puro de la sabana. El artista bajó del carro y se adentró en los campos floridos, saltando, corriendo, feliz como un adolescente».

Una escena que parece arrebatada a La novicia rebelde y que mentalmente funciona mejor acompañada por un alegre fox-trot instrumental que por un tango tristón., recordó Díaz.

Luego tomaron camino de regreso a la ciudad, a bordo del potente automóvil Auburn que un distribuidor había prestado para uso exclusivo del cantor. La comitiva se hospedaba en el Hotel Granada, en la calle 14 con carrera Séptima, Avenida que a esa altura y hasta la primera arteria, llevaba el nombre de Calle Real.

No sabemos a ciencia cierta si Gardel, Díaz y los demás asistentes a la tarde de campo volvían rumbo al hotel cuando se desencadenaron los hechos que derivaron en el titular del diario El Espectador del día siguiente: «Carlos Gardel fue detenido por una infracción, ayer».

La nota explicaba en forma sucinta que el cantante había sido detenido «por breves momentos» en la Prefectura de Circulación y Tránsito por infringir el reglamento vehicular. «El genial tanguista había solicitado permiso para transitar en su automóvil por la Calle Real, entre calles 11 y 14, lo cual estaba prohibido. Este permiso le fue negado. Sin embargo, contraviniendo todas las disposiciones que rigen la materia, Gardel pasó con su automóvil por ese sector».

El músico fue conducido, de acuerdo con la información del diario, hasta el llamado Permanente de Circulación, «donde fue detenido hasta que pagó una multa» y el diario El Heraldo, de Barranquilla, el 18 de junio de 1935 los escrachó.

Aquel pasado malevo y feroz

Hay gente del tango que no requiere de biografía: toda su vida quedó descrita en su prontuario delictivo. Al anarquista Andrés Cepeda lo llamaron el Divino Poeta de la Prisión, pues pasó tanto tiempo tras las rejas como fuera de ellas. Fue amigo personal de Gardel, quien grabó seis de sus poemas en su primera sesión de grabación, en el año 1912, para el sello Columbia. Reincidente en delitos menores como hurto, falsificación y riñas, Cepeda murió apuñaleado en una pelea callejera.

Durante su agonía, al ser inquirido por la policía para que revelara -o «batiera», en lunfardo-, el nombre de quien lo hirió de muerte, Cepeda prefirió callar. Dice el tango «Sangre maleva» que «un hombre, para ser hombre, no debe ser batidor».

Copia del prontuario de Carlos Gardel

Gardel conocía bien esos códigos. Su crianza en el agitado barrio de Balvanera, la zona aledaña al Mercado de Abasto en Buenos Aires, lo había acercado a malevos, taitas y compadritos de todos los pelambres.

Diferentes teorías, en que aparece mencionado con los seudónimos de «Carlitos», «Garderes» o «el Francesito», lo vinculan a hechos delictivos que, incluso, parecen haberle valido una temporada en el penal de Ushuaia, en el extremo más austral de Argentina. Oras voces afirman que eso no es cierto.

Quienes sustentan esa última también hablan de una posterior limpieza del nombre de Gardel tras la destrucción de sus antecedentes penales por orden de su amigo, el jefe de policía Eduardo de Santiago. Incluso se rumoró que el presidente Marcelo T. de Alvear le entregó el folio al propio Gardel para que dispusiera de él.

El tango no es terreno para simples contravenciones o pecados veniales. Sus sones, está visto, hacen apología de la muerte violenta y de los labios sellados de la omertá. Dato nimio, aunque no para los cazadores del Gardel contraventor de la ley, que los hay, y muchos. Total, la gente siempre habla … en voz baja.

El Heraldo, que en algún pie de foto había llamado al cantor «huésped grato de Barranquilla», se despachó de esta manera en un texto de autor anónimo: Estos artistas internacionales que recorren los más diversos países en jiras [sic] de tangos y películas, llegan a las ciudades de Colombia como a las prolongaciones de su tierra, permitiéndose aquí libertades que nunca se tomaron allá.

“Cada villa que recorren sus pasos es una ínsula, en donde lo mismo se puede demostrar el ingenio que exhibir la mayor parte de las simplezas. Igual salir a la calle con pieles de esquimales que en una total desnudez. Estos países apenas son buenos para extraerles la plata que producen”, continúa el medio de comunicación.

“Vuelve Carlos Gardel al pináculo de la actualidad, cuando ha ganado en pocas horas más de siete mil pesos. Lo asalta el deseo violento de pasear en automóvil, manejando él, por la Calle Real. Eleva una solicitud y se le niega el permiso. ¿Qué importa? No va a sacrificarse Gardel porque el tránsito conteste con una negativa. Tiene ganas de pasear por la Calle Real y nadie puede impedírselo. En Buenos Aires, en Asunción, no habría nunca violado los reglamentos”, continuó El Heraldo.

“Ni aquí tampoco los volverá a violar. Se le puso una multa de cuarenta pesos. Cuarenta pesos más que quedan en Colombia del dinero que ha ganado Carlos Gardel” expresa el cronista.

Aviso y nota aclaratoria de Carlos Gardel.

“Cuarenta pesos. Si nos remitimos a la cotización del Matadero Municipal de Bogotá de ese mismo día, encontramos que con ese dinero se podían comprar 136 kilos (12 arrobas) de carne sabanera de primera calidad. O acaso invitar a 121 amigos a su concierto de esa noche en el Teatro Olympia, en localidad económica”.

“Un día después del revuelo, el propio Gardel redactó una nota aclaratoria que fue publicada en El Tiempo el 19 de junio. Es de esperar que la haya escrito de puño y letra, al igual que toda su correspondencia y hasta su testamento”.

Bogotá, 18 de junio de 1935

La respuesta a El Tiempo no se hizo esperar:

Señor director de El Tiempo

Distinguido señor:

El Espectador de ayer anuncia mi detención con motivo de una infracción de tráfico. La noticia es inexacta y no me queda más remedio que decirlo así aun a riesgo de desencantar al amable redactor de la gacetilla.

Lo ocurrido es bien simple: advertido de que el conductor de mi automóvil había sido detenido, fui a la dirección de tráfico con mi amigo, señor Álvaro Reyes, a solicitar su libertad. Allí fuimos atendidos con una cortesía y dedicación que agradezco.

Yo no conozco, claro está, el tráfico bogotano, pero presumo que la policía tenía razón en aplicar una multa existiendo la infracción. Lo curioso y humorístico es que, precisamente en mi auto, viajaban durante mi temporada del Real dos policías uniformados que sabían del tráfico y sus complicadas leyes tanto como yo. No es raro, entonces, que mi chofer se creyera suficientemente protegido contra todas las multas imaginables.

Muchas gracias por la hospitalidad que usted quiera dar a estas líneas. Aprovecho la oportunidad para saludarle muy expresivamente.

  1. S., Carlos Gardel

Díaz omite cualquier información sobre quien supuestamente acompañó al cantor a la estación policial: el empresario Álvaro Reyes, representante para Colombia de la Paramount Pictures, empresa con la que había rodado sus filmes en Francia y Estados Unidos.

Desde las primeras páginas de Diez últimos días de Gardel, Díaz se da a ponderar, eso sí, la pericia que acusa el conductor de marras para escabullirse por entre la multitud en el Aeródromo de Techo.

Una sola de las descripciones, que podríamos calificar como profética si no fuera porque ya sabemos que el libro fue publicado seis meses después de los acontecimientos, pinta este cuadro: «Las gentes corren detrás, pero el chofer acelera a una velocidad fantástica, desdeñando todas las reglas de tránsito. Ya se pagarán mañana las multas».

La versión de Díaz asegura que «un funcionario de policía, tosco y repugnante, se empeñó en que el artista debía concurrir a su despacho para rendir declaración sobre el robo que les hicieron el día de su llegada». Es decir, la billetera aquella que le birlaron a su asistente.

El resto de la descripción, que por su intrascendencia podemos tomar por cierta, habla de Gardel siendo conducido al departamento de extranjeros de la Policía Nacional, despacho donde fue recibido con cortesía y deferencia por parte de los funcionarios de la ley, y despedido con vítores, «en medio de aclamaciones y aplausos».

Entonces, el que se tiene como el documento más veraz y descriptivo de la estancia de Gardel en Bogotá omite hechos claramente registrados en prensa de aquello que podría ser, entre tanto consejo inveterado, su única contravención probada. Igual, con o sin multa, ocho días después sus ojos se cerraron. Y el mundo siguió andando.

Los expertos Raúl Torre y Juan José Fenoglio compararon las huellas digitales en ambos documentos con uno posterior, de 1923, y un análisis arrojó que se trata de la misma persona.

Una investigación reveló el prontuario oculto del legendario cantante de tangos y ya que Gardel habría logrado que sus prontuarios fueran destruidos, aunque dos habrían sobrevivido. Uno de 1904, cuando huyó del hogar y el que se concretó en 1915.

El prontuario del cantante habría sido destruido por la Policía Federal tras un pedido del presidente Marcelo T. de Alvear en 1922. Se solicitó a la Policía Bonaerense que hiciera lo propio, «pero se ve que se quedó con una copia», señala Torre.

Según explica el experto, «la poetisa de tangos e investigadora Martina Iñíguez encontró hace pocos días una copia del prontuario de 1915, constituido para que Gardel sacara la cédula de identidad. Todos los rastros de esos antecedentes estaban perdidos y ahora aparecieron».

La Bonaerense le preguntó a la Federal si el cantante tenía algún historial nefasto y el 18 de agosto de ese año la Policía de Buenos Aires (así se llamaba en ese entonces) contesta en la última página que Gardel es «conocido con el apodo del ‘Pibe Carlitos’ y sindicado como estafador por medio del cuento del tío».

Posible cómplice

Las primeras canciones de Gardel fueron escritas por Andrés Cepeda, apodado «el poeta de la prisión«. Pasó varios años preso y finalmente murió en una pelea de guapos en el bajo porteño.

Además, según descubrió Torre, en sus prontuarios figura como estafador bajo la misma modalidad, por lo que una hipótesis posible es que hubiera operado junto a Gardel, luego de que ambos se conocieran en prisión o en una comisaría.

Tres documentos, la misma persona 

Torre y Fenoglio compararon las huellas dactilares de la fuga del hogar en 1904, el prontuario de 1915 y el pasaporte de 1923, en los que aparece un hombre de

Distinta edad, nacionalidad y filiación.

Para comparar los rastros se utilizó el sistema AFIS (Sistema de Identificación de Huellas Dactilares), un software que las convierte en figuras tridimensionales para hacer el cotejo.

De acuerdo con los resultados del programa, entre las huellas de los documentos comparados por Torre y Fenoglio hay total correspondencia. Los investigadores complementaron el análisis con un cotejo manual, en el cual pudieron identificar 18 puntos característicos en todas las huellas. En términos de jurisprudencia, sólo hacen falta 12 coincidencias para considerarse una identidad incuestionable.

La comparación entre las firmas de los prontuarios con el testamento de 1933 también arroja resultados positivos. Además de la coincidencia de huellas dactilares apuntada por Torre y Fenoglio, algunos elementos que surgen de la gestión de los documentos analizados apuntan a que se trataría de la misma persona.

-Así, en 1904, es su madre quien lo identifica, ya que se trataba de una fuga del hogar.

-En 1915, al querer sacar la cédula, el jefe de la Policía Cristino Benavides es quien le sale de testigo y el domicilio es Calle 2, número 20-13, que quedaba justo frente a la jefatura de policía. Esos datos son falsos.

-En 1923, con motivo de la tramitación de su pasaporte, la única prueba de su nacionalidad uruguaya que otorga ante el consulado de Uruguay son dos testigos de ese origen.

-En 1933, en su testamento, afirma haber nacido en Toulouse, en Francia.

«No tengan dudas de que los cambios de identidad de Gardel tienen que ver con sus antecedentes en el delito», afirma Torre. «Cambiaba una letra, lugar de nacimiento, para que no surgiera que era el mismo que figuraba como ‘El Pibe Carlitos’, estafador por medio del cuento del tío«.

En el recuento unánime y pintoresco de la visita de Carlos Gardel a Colombia, esa suerte de crónica en la que se agolpan escenas parroquiales, desmesuradas y felices hasta exactamente las 14:51 del 24 de junio de 1935 –cuando su avión se estrelló contra otro durante el despegue en el aeropuerto de Medellín. (Jackemate.com)

 

(*) Licenciado en Periodismo – Postítulo en Comunicación Política

 

 

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