Por Ricardo Marconi (*)

Cuando concluí mi diálogo con Mauricio y su afable y simpática esposa no podía creer lo que terminaba de escuchar. Es más, hoy por hoy me resisto a creerlo. Mientras disfrutaba de un cortado doble y una “flautita” de queso y bondiola, en un bar del centro rosarino, bajo una sombrilla para soportar el calor, se sentaron a la par en otra mesa.

Luego del habitual saludo y diálogo sobre el intenso calor y el clima que se soportaba, Mauricio, me relató que a su edad -84 años-, sufría mucho las extremas temperaturas, al igual que su padre, de 104 años, el que se había radicado en Rosario, luego de terminada la Segunda Guerra Mundial.

El número de años me sorprendió e hizo que le consultara sobre el estado de salud de su progenitor y me respondió: “Desde que estuvo en el campo de concentración de Auschwitz[1]  le quedó esa secuela”.

“Él tenía el oficio de armero y allí fue obligado a reparar las armas de los jerarcas alemanes y de los soldados, debido a que habían comprobado que era muy buen armero.

Por esa razón fue que consiguió que lo convocaran los jefes del campo, quienes le propusieron que, si quería seguir con vida, debía con otros detenidos armar un taller para reparar armas con los repuestos y los materiales que ellos conseguirían”, me comentó y agregó: “También, tanto él como sus ayudantes serían mejor alimentados y destinados a barracas especiales”.

El padre de mi interlocutor, con su oficio de poner a punto el armamento en el taller erigido, logró salvar la vida a otros prisioneros, los que de otro modo hubieran perecido.

El padre de Mauricio empezó a enseñar el oficio, pero para él no terminarían sus sorpresas. Una mañana llegó a ese infierno que era el campo de exterminio una de las habituales inspecciones que se hacían para corroborar el funcionamiento y entre los inspectores se hallaba nada menos que el mismísimo Adolfo Hitler.

Un episodio bisagra 

Y allí se generó lo que puede ser considerado un episodio bisagra entre la vida y la muerte para el padre del armero que me contaba la historia. El mismo fue presentado a Hitler y este le preguntó dónde había nacido, a lo que le respondió “En Milán, donde se inventó la milanesa”.

La recorrida de los alemanes continuó hasta la hora de almorzar y fue cuando le pidió Hitler a sus subalternos que buscaran al armero y lo trajeran a su presencia. Ya nuevamente frente al Hitler este le ordenó que hiciera milanesas y que compartiera con él, junto a los jefes del campo, su almuerzo.

Ya sentados a la mesa, los jefes del campo lo miraban de reojo al armero, convertido en cocinero por imperio de las circunstancias, con el lógico temor a que su jefe máximo terminara muerto por envenenamiento.

Felizmente todo terminó bien. Hitler quedó como enloquecido con las milanesas y le ordenó al jefe del campo que al cocinero y al grupo de gente que trabajaba con él, en el taller, les mejoraran aún más la situación como prisioneros que tenían. También le ordenó que les dieran bien de comer y que se lo mantuviera informado sobre el tema armas desde ese día en más.

Mauricio me dijo que “cuando esporádicamente Hitler iba al campo de muerte, convocaba a su padre y le pedía que hiciera milanesas y almorzara con él, tomando un vino especial que se hacía traer para esas comidas”.

El interlocutor de quien esto escribe contó luego que ya en Argentina, su padre, por los conocimientos en armería, se radicó en Rosario, en cercanías de la Fábrica de Armas, donde llegó a ser jefe por su experiencia y conocimientos y Mauricio también, con el tiempo, logró ingresar a la fábrica para dedicarse al mismo oficio.

Actualmente, la familia de Mauricio vive en barrio Belgrano, pero, aunque insistí en un segundo contacto casual que tuve con él, para sostener una entrevista, se negó amablemente y se retiró del lugar.  (Jackemate.com)

 

(*) Licenciado en Periodismo – rimar9900@gmail.com

 

[1] Auschwitz fue un complejo que estuvo formado por diversos campos de concentración y exterminio de la Alemania nazi, en territorios polacos ocupados durante la 2da. Guerra Mundial.  Poseía 45 campos satélites más y el campo central estaba situado en Osviçiem, a 43 kilómetros de Cracovia. Allí fueron enviados un millón trescientos mil personas de las cuales murieron un millón cien mil (90 por ciento judíos), polacos, gitanos, prisioneros de guerra, comunistas y disidentes.   Estuvo supervisado por Heinrich Himler.

 

 

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