Por Ricardo Marconi (*)

La agresión entre machos es una vieja historia en el reino animal, aunque vale puntualizar que no es que las hembras no sean agresivas. Simplemente en muchas especies las luchas de macho contra otro macho son más comunes.

Los etólogos han explicado brillantemente de qué manera afrontan esta cuestión algunas especies animales y explican que entre los miembros de una misma especie y una misma población debe existir cierta cuota de agresión, a fin de asegurar el proceso selectivo y varias funciones menores.

Vale recalcar, sin embargo, que la agresividad generalmente es contenida y se expresa a través de un ritual para que no desemboque en violencia interna y destruya la población.

En nuestra especie hay gobernantes que estimulan la violencia para oponerse mediante su utilización a las amenazas externas.

Los componentes de un grupo deben ser capaces de recurrir a la violencia para preservar su integridad, pero, al mismo tiempo, han de competir entre sí de manera no violenta.

Los sobrevivientes suelen llegar a algún entendimiento en el que las amenazas y los gestos de apaciguamiento sirven para mantener una estructura estable.

“Las moscas de la fruta, son un ejemplo de lo que referimos. Los machos son más agresivos que las hembras” según el neurocientífico David Anderson, quien efectuó una investigación específica en el Instituto Tecnológico de California.

Allí Anderson tiene a su cargo una especie de “club de la pelea” para moscas de frutas con el objetivo de comprender profundas raíces evolutivas de los comportamientos.

Anderson y un grupo de especialistas a su cargo identificaron un gen y un diminuto grupo de neuronas presentes sólo en el cerebro de las moscas de la fruta machos, que puede controlar la agresión.

El gen también se encuentra entre los mamíferos y ha sido relacionado con especies de mamíferos. La pelea entre las moscas está relacionada con la comida y el apareamiento, mientras que el mecanismo descubierto no lo está. Pero, es una notable muestra de cómo la estructura cerebral y química trabajan juntas.

La primera hipótesis

La investigación se inició, según Anderson, con la hipótesis de que los neuropéptidos, que son una especie de hormona de cerebro, tenían un papel en controlar la agresión de la misma forma como lo hacen en algunos otros comportamientos fundamentales como la alimentación.

Para establecer cuáles neuropéptidos eran los fundamentales, el equipo probó diferentes líneas de moscas de la fruta genéticamente modificadas, a una temperatura de 28 grados centígrados, a los efectos que un cambio químico hiciera que neuronas específicas se dispararan.

Las neuronas eran diferentes en cada línea y los investigadores utilizaron videograbaciones automatizadas y software de análisis para determinar el nivel agresivo exhibido por las moscas. Las grabaciones captaron clásicos movimientos de pelea de las moscas.

Se probaron 40 líneas de moscas, elevando la temperatura para incrementar el disparo de neuronas y determinar que moscas mostraban un mayor comportamiento agresivo.

También usaron otra técnica para precisar qué moscas mostraban mayor comportamiento agresivo. Utilizaron, además, otro mecanismo para hacer que las neuronas que estaban estudiando se volvieran de un tono verde fluorescente para poder ubicarlas y para ver su anatomía. Redujeron la búsqueda a neuronas que producían el neuropéptido taquicinina.

Al comparar los cerebros de moscas macho y hembra, encontraron neuronas sólo en machos que producían taquicinina. Cuando esas neuronas eran silenciadas, se comprobó la disminución de la agresión.

Los mamíferos, cabe recalcarlo, tienen diferentes tipos de taquicinina, incluyendo la sustancia P, que ha sido vinculada con la agresión en roedores y que se sospecha tiene una variedad de roles en los seres humanos, entre ellos un posible vínculo con la agresión. El paralelo con los mamíferos tenía sentido.

Neuronas que causan agresión 

Anderson identificó tres neuronas que causan un incremento de la agresión, y estaban en los machos solamente. Se activaban sólo cuando se peleaban entre sí y Anderson comprobó que con taquicinina las moscas se volvían más agresivas.

De todo esto surge que es evidente, según Anderson y su equipo, que “los humanos y las moscas tienen más en común de lo que podría parecer”. (Jackemate.com)

 

(*) Licenciado en Periodismo – rimar9900@hotmail.com

 

 

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