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Por Ricardo Marconi (*) 

Jeane Kirkpatrick, representante de Washington en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y aliada de la dictadura argentina, engañó a la Junta Militar en el conflicto de Malvinas.

La guerra que nos ocupa puso en crisis la relación entre Estados Unidos e Inglaterra mientras transcurría la administración de Ronald Reagan con respecto al apoyo que la dictadura argentina estaba dando a los estadounidenses en Honduras, en lo concerniente al entrenamiento de la guerrilla “Contra” que combatía a la guerrilla sandinista.

Ello quedó reflejado en su último despacho como diplomático por parte del embajador británico en Washington, Nicholas Henderson, según un documento desclasificado por los archivos oficiales británicos entre los 3.500 documentos secretos existentes sobre la guerra en el Atlántico Sur.

El documento de “Nico” 

En el documento generado por “Nico” Henderson se sugiere que “Argentina podría haber sido alentada a invadir a las Islas Malvinas por dos funcionarios de Reagan. Henderson menciona en ese sentido a Kirkpatrick, a la que se la calificaba como una “anticomunista feroz” y amiga  del ex general Leopoldo Fortunato Galtieri y del brigadier Basilio Lami Dozo, dos exmiembros de la Junta Militar y de Tomás Enders , secretario asistente para América Latina , con un rol esencial en el secreto bombardeo a Camboya durante la guerra de Vietnam y que, paradójicamente auspició un diálogo con los sandinistas, aunque  -vale subrayarlo-, apoyó al régimen salvadoreño en los días de los Escuadrones de la Muerte.

La “sugerencia” de la CIA 

A todo esto, William Casey, director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos habría sugerido a la prensa que “los argentinos fueron llevados al camino equivocado. Ellos creyeron que su apoyo a EE.UU., en las operaciones encubiertas sobre América Central eran más importantes para los norteamericanos que en lo que en realidad eran y que podrían ganar la aceptación estadounidense en otro tipo de políticas”.

La periodista María Laura Avignolo, que cubrió la Guerra de Malvinas desde el ámbito diplomático en Londres, señaló que “la misma interpretación hicieron los generales Mario Benjamín Menéndez y Jofré después de finalizada la lucha armada. Ambos fueron comandantes argentinos en las islas”.

Kirkpatrick y Enders eran los que lidiaban con los militares argentinos, pero apoyaban lo que ellos calificaban de “democracia autoritaria”, en lugar de un gobierno comunista, pensamiento que abarcaba  también a Reagan por el apoyo  argentino con 40 consejeros encabezados por el coronel José Osvaldo “Balita” Riveiro, de la G2 de inteligencia del Ejército y del Batallón 601, que estaban en Honduras, los que colaboraban con Oliver North, entrenando a 9.000 efectivos de la Contra en acciones antiguerrilleras dentro del marco de apoyo estadounidense  en su combate a Moscú.

Simpatías 

Enders viajó a nuestro país días antes del conflicto y Henderson, -casado con una corresponsal de guerra-, descubrió las simpatías pro argentinas de Enders e informó al secretario de Estado estadounidense Alexander Haig sobre los movimientos argentinos de su flota en el Atlántico Sur y le mencionó que Argentina “no contemplaba una confrontación con nosotros”.

Haig le dijo a su vez a Henderson que “los hechos lo refutaban” y entonces este último intentó cínicamente, hacer un paralelo entre Enders y Kirkpatrick, considerando a Enders “más fascista que loco y a Kirkpatrick más loca que fascista”.

Según analistas internacionales, las presunciones de Henderson respecto de Kirkpatrick “no fueron erradas”.

El boicoteo a Costa Méndez  

Es de hacer notar que, durante la guerra, 3 militares argentinos, cercanos al canciller argentino Nicanor Costa Méndez, lo boicotearon respecto de las negociaciones diplomáticas que el mismo llevaba adelante.

Ellos no serían otros que Héctor Iglesias, representante de Galtieri; el vicealmirante Benito Moya, jefe de la Casa Militar, enviado por Anaya y el brigadier José Miret, como delegado de Lami Dozo, los que habrían acicateado al canciller en Nueva York, Washington, Lima y en La Habana.

Costa Méndez fue el último en enterarse el 6 de enero de 1982 de las intenciones de ocupar a las Malvinas, por boca de Galtieri. El inspirador de la maniobra inicial de la invasión era Anaya.

Jeane Kirkpatrick con el presidente de EE.UU., Ronald Reagan, cuando ella estaba en la ONU

Y mientras esto ocurría, Miret almorzaba y cenaba con Kirkpatrick en Estados Unidos para hallar una solución negociada, gestión que el militar intentó profundizar luego del hundimiento del Belgrano.

Mientras tanto Henderson, cada noche aparecía en la televisión norteamericana para demoler las posiciones argentinas que elaboraba Costa Méndez, aislado por la Junta, fundamentalmente por Anaya y Moya.

Kirkpatrick hacía lo indecible por justificar las atrocidades cometidas por los dictadores argentinos en nombre de la Guerra Fría y lo hacía diciendo que “Argentina era un ejemplo de un régimen autoritario estable” y actuaba comprensivamente luego de escuchar acerca de los asesinatos y desapariciones que llevaban adelante los componentes de la Junta, que confundían a Reagan y a sus asesores del Pentágono.

El conflicto de Malvinas terminó así de poner en funcionamiento una relación rápida entre Reagan y Margaret Thatcher quien, con altivez la funcionaria le rechazó al primero en tres oportunidades su llamado para concretar una negociación y su pedido de “no humillar a los argentinos”. 

Una carta de apoyo 

En unan carta de Reagan a Thatcher, del 29 de abril de 1982, le dice el primero: “Puede contar con nuestro apoyo en cada foro en que esta cuestión sea debatida. Vamos a anunciar que la aceptación argentina a retirar las tropas de las islas permitirá la negociación y ello posibilitará a EE.UU. adoptar una postura hacia Buenos Aires”.

Es más, dos días antes del hundimiento del ARA General Belgrano, Reagan le recordó que ella “había dejado claro” que nada más que el “mínimo esencial acto de fuerza” sería utilizado. 

La ambigüedad norteamericana fue redactada por Antony Pearson, el representante británico permanente en la ONU. Cuando dejó el cargo envió un despacho que alivió al canciller británico Francis Pym.

En el mismo alegó que Estados Unidos era una mezcla de exasperación, frustración y desprecio” y que “los delegados del Tercer Mundo estaban shockeados, alarmados y furiosos por la incompetencia, el amateurismo y la paralizante falta de coordinación de la misión norteamericana con el Departamento de Estado y la Casa Blanca”. (Jackemate.com)

 

(*) Licenciado en Periodismo – Postítulo en Comunicación Política

 

 

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