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Por Ricardo Marconi (*)

El presidente estadounidense Joe Biden ordenó al titular del Pentágono que ponga en alerta máxima a 8.500 soldados en territorio norteamericano por si necesita que los mismos efectúen un despliegue de respuesta rápida en territorio europeo, en el marco de la tensión existente con Rusia por Ucrania.

El movimiento militar se concretaría si la Organización del Tratado del Atlántico Norte entiende que se están desarrollando acciones militares que lo justifiquen.

El secretario de Defensa norteamericano, Lloyd Austin, le había sugerido a Biden dicho movimiento de efectivos, los que formarían parte de una fuerza multinacional que alcanzaría a 40.000 efectivos.

Refuerzos 

Dichos soldados tendrían a su cargo el refuerzo del flanco oriental y la zona del Mar Báltico, mientras que Dinamarca desplegaría una fragata, así como aviones F-16 en Lituania.

Se espera que España aporte buques y cazas a Bulgaria y Francia reforzará a Rumania con sus fuerzas de tierra., con lo que en su totalidad se conformaría un cerco de reserva ante un ataque ruso, aunque el presidente Vladimir Putin formuló declaraciones anunciando que “no tiene previsto invadir Ucrania” y que las tropas rusas “se movilizarán fronteras adentro”.

Implicancias de la agresión humana 

Sociólogos y antropólogos tienen claro que la agresión humana es idéntica a la que se da en cualquier otra especie animal, ya que surge de causas similares y cumple la misma función.

Se trata de una fuerza inherente al proceso evolutivo de todas las especies que se reproducen sexualmente y la elección natural impone la competencia: Todo animal debe esforzarse por superar a otro, para emplazar su madriguera, dominar su territorio y obtener alimentos, compañera y predominio para intervenir, finalmente, en la selección natural.

Es por estas circunstancias que entre los miembros de una misma especie debe existir cierta cuota de agresión, a fin de asegurar el proceso selectivo y varias e indispensables funciones menores.

Algunos políticos saben que para que la agresión no se desemboque en una violencia interna y la población se destruya a sí misma, estimula la oposición de las presuntas amenazas externas, así como a componentes de su grupo a capacitarse para recurrir a la violencia para preservar su integridad, pero al mismo tiempo hace lo propio para que se compita entre sí, de manera no violenta con el objetivo de mantener una estructura social estable.

El mapa del centro-este europeo aterra a millones de habitantes del Viejo Continente

Los antropólogos saben que el hombre no posee un especial instinto criminal que lo distinga de los animales. Por otra parte, subsisten en él ciertos factores que lo inducen a ritualizar por dos motivos: su cerebro y sus artefactos, dos factores que convirtieron sus antiguas luchas físicas en ciencia política y su primitiva forma de subsistir en diversos sistemas económicos y su “primacial” violencia en luchas armadas mediante guerras y matanzas organizadas con su secuela: la conquista imperialista, utilizando herramientas perfeccionadas que en el tiempo se convirtieron en armas.

El amigo y el enemigo 

Así el cerebro concibió la idea de organización en dos categorías: la del amigo y el enemigo. El humano sigue siendo a la vez iracundo y conciliador cuando se esfuerza para dominar a sus rivales, aún a costa de derramar sangre para lograr sus fines llegando –en algunos casos- a eliminarse a sí mismo.

Aunque vivimos en un constante estado de agresión, rara vez nos mostramos violentos.  Ninguna sociedad está tan convencida de la saludable influencia de la violencia humana, hasta el punto de permitir que los asesinos vivan libres y sin vigilancia.

Aunque en Rosario, debo admitirlo, se han dado numerosos casos y los medios de comunicación nos cuentan casi a diario las implicancias de esa decisión.

También es cierto que hay pocas comunidades en el orbe sin soldados preparados para matar. Es más, cuando regresan del campo de batalla, ensangrentados, reciben honores. La diferencia de criterios a adoptar para cono los asesinos comunes y los soldados merecen otra columna que no es la motivación de la presente.

La depredación violenta 

No obstante, sí podemos argumentar que la depredación violenta y organizada ha sido siempre monopolizada por los varones contra los enemigos “no humanos” (animales) considerados como “presas” y es aquí que se da el paso decisivo en el desplazamiento humano hacia la ciencia de la guerra.

La guerra, vale aclararlo, es la consecuencia de la relación hombre –hombre y es la resultante del vínculo biológico como cultural, ya que el hombre desarrolló actitudes para la misma y una técnica para controlar los choques personales y las discrepancias grupales en pequeña escala.

Aprender a mandar 

Ello le permitía al hombre, entre otros factores, hacer lo que más le gustaba: aprender a mandar y a obedecer, proteger a la comunidad mediante el acrecentamiento de su vigor físico y del talento para calibrar al adversario, búsqueda, muerte y alabanza ritual de los animales que brindaban al guerrero su carne y una porción de su espiritualidad.

La guerra es, en parte, control ritual porque matar implica oler el temor que trasciende del vencido. Se mataba en pequeños grupos –como aún ocurre-, los soldados combatían por su clan o su pelotón y en el pasado eso era suplido por gritos de guerra y danzas guerreras.

Hoy por hoy, el arma más mortífera que dispone el soldado es la corteza cerebral situada bajo su sombrero. (Jackemate.com)

 

(*) Licenciado en Periodismo – Postítulo en Comunicación Política

 

 

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