Por Ricardo Marconi (*)
Por lo que tengo entendido la historia que el lector tiene en sus manos no apareció en un antiguo manuscrito ni fue descubierta por un algún arqueólogo. Su origen es mucho más reciente y, precisamente por eso, resulta tan interesante atractivo.
Según surge del relato, una patrulla de soldados estadounidenses desapareció durante una misión en una zona montañosa de Afganistán. Y días después, otro grupo fue enviado para averiguar qué había ocurrido. Lo que encontraron, siempre de acuerdo con la historia, no fue un enemigo convencional.
Frente a ellos se alzaba un gigante que medía cerca de cuatro metros de altura, tenía una espesa barba rojiza y seis dedos en cada mano y cada pie. Eso no es todo. La narración detallaba que el coloso estaba armado con una enorme lanza y habría atacado al grupo antes de ser abatido tras una intensa lluvia de disparos.
Después llegó la parte que convirtió el relato en una teoría de conspiración: el supuesto cuerpo habría sido trasladado en secreto por el ejército estadounidense y toda la información habría quedado clasificada. Sin duda, parece el argumento de una novela. Sin embargo, durante años, hubo personas que aseguraron que aquello ocurrió realmente.
El detalle que cambia la historia
Cuando un acontecimiento extraordinario sucede, normalmente deja un rastro, el que puede tratarse de documentos oficiales, fotografías, informes médicos, registros administrativos o testimonios independientes que coinciden entre sí. En historia, las evidencias rara vez son perfectas, pero suelen formar un rompecabezas coherente.
Pero con el Gigante de Kandahar ocurre algo diferente, ya que cuanto más se investiga el origen del relato, más difícil resulta encontrar piezas verificables.
No existen documentos militares desclasificados que describan un enfrentamiento semejante. Tampoco se conocen registros oficiales sobre el fallecimiento de un soldado en las circunstancias narradas ni fotografías, cuya autenticidad haya podido demostrarse. Entonces, ¿de dónde salió la historia?
El nacimiento de una leyenda
A diferencia de muchos mitos antiguos, el Gigante de Kandahar tiene un origen relativamente reciente: La historia comenzó a difundirse ampliamente a partir de entrevistas y programas especializados en misterios durante la década de 2010. Desde entonces fue reproducida por innumerables canales de YouTube, blogs y redes sociales. Y, como era previsible, ocurrió algo muy común en las leyendas.
Cada nueva versión añadía un detalle. En unas, el titán medía tres metros y medio y, en otras, superaba los cuatro. Es más, algunos narradores atemorizados hablaban de ojos rojos, de dientes desproporcionados e incluso hubo quienes afirmaron que el cuerpo pesaba más de quinientos kilos y debió ser transportado por un avión militar.
Como en la teoría comunicacional del “teléfono descompuesto”, las historias cambian cuando pasan de una persona a otra. Lleva ocurriendo desde que los seres humanos comenzaron a contar relatos alrededor del fuego.
Eso sí, con una diferencia de la arqueología y la historia, las que ofrecen una pista interesante: La figura del gigante aparece prácticamente en todas las grandes civilizaciones.
Los griegos hablaban de los Titanes. En la tradición bíblica aparecen los Nefilim y la mitología nórdica está poblada de Jotuns. En diferentes regiones de América también existen relatos sobre seres de enorme estatura, lo que no significa que todas esas culturas describieran el mismo fenómeno.
Lo que demuestra es algo mucho más profundo: la imagen del gigante forma parte del imaginario humano desde hace miles de años, ya que representa fuerza, temor, lo desconocido y, en ocasiones, un mundo anterior al nuestro.
Quizá por eso la historia de Kandahar encontró un terreno tan fértil. No proponía una criatura completamente nueva. Recuperaba un símbolo que la humanidad conoce desde hace milenios y lo trasladaba a un escenario moderno: una guerra real, con soldados reales y tecnología contemporánea. La mezcla era perfecta para captar la atención.
La guerra alimenta los rumores
Los conflictos armados siempre han generado historias extraordinarias. Durante la Primera Guerra Mundial hubo soldados convencidos de haber visto ángeles sobre los campos de batalla y en la Segunda Guerra Mundial circularon rumores sobre armas imposibles y experimentos secretos. Las guerras crean incertidumbre. Y la incertidumbre suele convertirse en relatos.
El territorio de Afganistán, con su geografía remota y décadas de enfrentamientos, era el escenario ideal para que surgiera una historia de este tipo y, obviamente, no hacía falta demostrarla. Bastaba con que pareciera posible.
Los maestros en contar historias saben que en este caso en que no existen pruebas sólidas de la existencia del gigante de Kandahar, no significa, de modo alguno, que la historia carezca de interés.
Al contrario. Precisamente porque no está respaldada por evidencias, se convierte la historia que nos ocupa, en un excelente ejemplo de cómo nacen las leyendas en pleno siglo XXI y luego recorren, en un viaje fantasioso y real, en la voz de los relatores de historias, el universo entero en cuestión de horas.
Luego cambian, según la imaginación de quienes las relatan, haciéndolas crecer y transformándolas según su imaginación. Así, con cada nueva versión, parecen adquirir una vida propia.
La enseñanza del Gigante de Kandahar
Quizá el verdadero misterio nunca fue un gigante escondido entre las montañas de Afganistán. Quizá el misterio sea otro. ¿Por qué seguimos necesitando historias como esta? ¿Por qué un relato sin pruebas verificables consigue mantenerse vivo durante tantos años?
Tal vez porque, incluso en una época dominada por satélites, inteligencia artificial y teléfonos capaces de fotografiar cualquier rincón del planeta, seguimos sintiendo la misma fascinación que sintieron nuestros antepasados cuando escuchaban relatos sobre criaturas imposibles.
Es que nos gusta pensar que todavía quedan secretos por descubrir. Y, aunque la arqueología nos enseña que las respuestas deben apoyarse en evidencias, también nos recuerda algo igual de importante: detrás de cada leyenda hay una sociedad, una época y una forma de entender el mundo.
El gigante caído en Afganistán probablemente no cambie los libros de historia. Pero sí nos habla de nosotros. De nuestra imaginación y de nuestra necesidad de creer que aún existen lugares donde la realidad y el mito todavía caminan uno al lado del otro. (Jackemate.com)
(*) Licenciado en Periodismo – Postítulo en Comunicación Política



