Por Ricardo Marconi (*)

Bajo la jefatura de Estados Unidos, cinco agencias de espionaje: El Centro de Comunicaciones del Gobierno (GCHQ) de Inglaterra; el Centro de Seguridad de Comunicaciones (CSE), de Canadá; el Directorio de Señales de Defensa (DSD), de Australia; el Centro de Seguridad de Comunicaciones (GCSB), de Nueva Zelanda y la NSA, han envuelto a la Tierra con una red espectral de vigilancia electrónica.

Los servicios de inteligencia mantienen en la oscuridad a los Comités supervisores del Estado y están las tareas compartimentadas. El público conoce anecdóticamente este tipo de inteligencia y sólo suena una palabra: ECHELON.

NSA 

La agencia más grande de Estados Unidos (NSA), desde su fundación, hace más de medio siglo, el mundo de las señales para obtener datos es el más secreto.

Durante las dos primeras décadas de su existencia no fue reconocida por el gobierno federal y no apareció en los presupuestos anuales de los servicios federales y, es más: sus costos figurarían ocultos en otros apartados para que no llamaran la atención, ya que tendría más de 10.000 empleados.

El estadounidense medio desconoce el accionar de la NSA, que opera desde un cuartel general en Fort Meade, Maryland, en un enorme edificio de cristal negro reflectante, como si fuera “una caja negra”, que emplea más matemáticos que ninguna otra empresa en el mundo. El campus es la concentración más densa de capacidad informática del planeta.

Millones de instrucciones por segundo 

Sólo uno de los superordenadores Cray de la agencia puede manejar 64.000 millones de instrucciones individuales por segundo. El trabajo de la NSA está dividido en dos funciones: seguridad y comunicaciones e inteligencia de señales.

La agencia no es usuaria de su propia información. En la NSA no hay personal armado sobre el terreno que utilice la información que recoge la agencia. Simplemente escucha.

El monumental alcance de esta red de vigilancia internacional electrónica

Las espías, en este caso son “las chicas de Henwithhill”, elegantes, motivadas, adaptadas a las contradicciones del espionaje que se desempeñan en la campiña de Yorkshire, en el corazón de Gran Bretaña.

Trabajan en la más grande de las estaciones de escucha y es el punto más brillante de una constelación de grandes y pequeñas torres de microondas y antenas parabólicas apuntando al cielo, ya que a ella se unen: Bad Aibling, en Alemania; la base aérea de Misawa, en Japón; Akrotirien, en Chipre; Guantánamo, en Cuba y Pine Gap, en Australia, todas dirigidas por estadounidenses.

Los países que las tienen en su seno forman parte de una estrecha alianza militar con Estados Unidos, que les brinda protección militar, si se necesitase. La agencia arrendataria comunica inmediatamente datos valiosos o paga por mantener la base en un lugar estratégico.

BIRD 1  

En 1970, desde la empresa aeroespacial TRW, de Redondo Beach, California, partió un camión transportando un satélite geoestacionario, con tecnología que se utilizaría para espionaje e intercepción de señales, con el objetivo de unir, aún más a los países que estaban aliados en el OKUSA.

El pedido había sido formulado por la CIA y el mencionado satélite era uno de cuatro que pertenecía al programa, denominado en clave Rhyolite, que sólo era conocido por quienes lo conducirían, desde Tierra como BIRD I.

Era, vale dejarlo claro, una versión operativa/experimental al que le siguió otro satélite en 1973.

El escritor William Burrows hizo apreciaciones acerca de BIRD 1 en su obra Deep Black; Space Espionage and Nation al Security; Random House. Luego pudo saberse que el satélite tenía múltiples funciones dedicadas a espiar: Telemetría; leer ondas de radio y cambios atmosféricos para detectar pruebas de misiles; interceptar señales de telecomunicaciones con torres repetidoras para resolver las problemáticas de la curvatura de la Tierra.

Robert Lindsey fue el primer periodista que dio cuenta del programa para controlar el tráfico de señales comunistas, al entregársele una comunicación secreta en la que hablaba un comisario soviético desde Moscú con su amante en Yalta.

El BIRD 1 fue transportado a Cabo Cañaveral, en Florida, desde donde se lo lanzó mediante un vehículo Atlas-Agenda D. Era un cilindro achaparrado, de metro y medio de longitud y unos tres cuartos de tonelada de peso, preparado para desplegarse en el espacio como un paraguas, con un disco de poco fondo y de más de 21 metros de ancho, de donde partía una larga antena, a lo que debió sumarse un disco con alas de células de siliconas que convertían la luz en energía sobre el Ecuador para obtener datos de la Unión Soviética y China.

El programa de la NSA se controla desde la base Bad Aibling, que se conoce como Canyon. Fue seguid, por su éxito, a través del satélite con el nombre cifrado “Chalet”, controlado desde Menwith Hill.

Chalet se operaba a través de RUNWAY, donde su enlace descendía y luego sus datos se procesaban en tierra por los sistemas Silkworth. Cuando “Chalet” apareció en la prensa, se cambió su nombre por Vortex y luego en 1987, se modificó nuevamente por Mercury.

Rhyolite fue descubierto por los rusos y debió cambiarse con el nombre de Argus, el nombre inglés del monstruo mitológico griego Argos, un gigante con un Miller de ojos.

Estados Unidos tendría más de cien satélites espías en el espacio, pero diez dedicados a escuchar, algunos geoestacionarios como el Intelsat, mientras otros entrecruzan el planeta para interceptar señales.

Gasto millonario en dólares 

Se estimó en 2006 que el gasto producido desde hace cuatro décadas a ese año en 200.000 millones de dólares en satélites espías y sólo en 2006 la NSA y la CIA tenían un presupuesto de 7.000 millones de dólares.

Además, está el satélite escucha Intruder que unificó funciones, aunque su costo es muy alto, por lo que la Comisión 11-S se mostró en su momento inconforme y ello produjo como resultante una reducción de analistas de inteligencia y espías activos en los servicios de inteligencia. (Jackemate.com)

 

 

(*) Licenciado en Periodismo – Postítulo en Comunicación Política

 

 

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