Por Gustavo Battistoni (*)
Unos de los mayores problemas de nuestra historia es el ocultamiento de acontecimientos importantes que han marcado la vida de nuestros próceres. Han transformado a hombres y mujeres notables en seres desapasionados, asexuados, carentes de toda vida emotiva.
Manuel Belgrano no es la excepción. Este venerable compatriota fue un hombre de lucha cuya vida, sus enconados enemigos, transformaron en un calvario. No pudo, o no quiso, tener una vida familiar estable puesto que el centro de gravedad de su existencia fue un denodado amor por su patria.
Fue acusado de muchas cosas, incluso de ser homosexual, lo que no sería ningún problema, si el apelativo no le fuera impuesto para descalificarlo por una rancia sociedad conservadora.
Tomás de Iriarte, contemporáneo suyo, dice en sus Memorias: (Belgrano) “…era en extremo delicado en su porte, y sus hábitos afeminados diametralmente opuestos a los de un soldado…”. Otros, lamentablemente, han hecho afirmaciones mucho peores.
Pero la verdad histórica es otra, como nos relata Lucía Gálvez en su libro Historias de amor de la historia argentina. Manuel Belgrano tuvo muchos amores y en medio de las luchas por la emancipación, floreció varias veces para nuestro arquetipo. Uno de ellos tuvo un fruto santafesino.
Un fogoso amor de jóvenes
Manuel Belgrano y María Josefa Ezcurra tuvieron, muy jóvenes, un fogoso amor, pero los padres de ella se opusieron y la obligaron a casarse con otro hombre. Por suerte para ellos, ese esposo se fue a España y nunca regresó.
Años después, cuando Belgrano estaba combatiendo muy lejos en el Norte, María Josefa, a la sazón hermana de Encarnación Ezcurra, esposa de Juan Manuel de Rosas, viajó muchos días para reencontrarse con él en la frontera de guerra. Allí quedó embarazada. Como ella seguía casada en los papeles, tener este bebé era un escándalo enorme para la época.
Para esconder el secreto, buscaron un lugar tranquilo en la provincia de Santa Fe, donde el niño nació en 1813 y fue anotado en la iglesia como si fuera un huérfano. Para que el bebé estuviera a salvo y bien cuidado, lo adoptó la hermana de María Josefa junto a su esposo. El niño creció llamándose Pedro Pablo Rosas, pensando que su verdadera madre era su tía.
Ricardo R. Benavides, en un trabajo publicado por la Junta Provincial de Estudios Históricos de Santa Fe, dice al respecto: “Así fue que se eligió la estancia de unos amigos, muy cercana a la ciudad de Santa Fe; probablemente una propiedad de Francisco Antonio Candioti, o de Gregoria Pérez de Denis, aunque algunos historiadores sostienen que podría tratarse de un establecimiento rural de Juan Manuel de Rosas ubicado en cercanías de la Villa del Rosario. Lo cierto es que el 29 de julio de 1813 nació el niño que fue anotado y bautizado en la Iglesia Matriz (Catedral) como huérfano o expósito, partida en la que su madre figura como madrina de bautismo”.
Lucía Gálvez nos comenta sobre la madre de Pedro y los prejuicios de la época que tuvo que soportar: “María Josefa, pues, era a los veintisiete años, una casada con la libertad de una viuda. Aunque los enemigos de Rosas la pintaron años después como una bruja, María Josefa era muy buena moza, decidida y apasionada.
Su retrato, ya mayor, la muestra con una irónica sonrisa que revela sentido del humor, mientras sus cabellos lacios y negros, rostro fino y lindos ojos y su inmaculada mantilla sobre el vestido de raso revelan una mujer que ha sido bella y coqueta”.
Cuando Pedro cumplió 24 años, y se desempeñaba como juez de paz y comandante militar interino en Azul, Rosas le contó la gran verdad: su padre era en realidad Manuel Belgrano. Lleno de orgullo, el joven decidió unir sus dos raíces, y se llamó para siempre Pedro Pablo Rosas y Belgrano.
En Azul, se consolidó como un emprendedor y protegió a la población de los ataques indígenas. En 1840 ya figuraba como capitán del 5º escuadrón de Milicias de Caballería. Durante el sitio de Montevideo, cumplió una misión secreta ante Oribe por encargo del Gobernador de Buenos Aires, pero tras la caída de este en Caseros, se puso al servicio de Justo José de Urquiza.
Felipe Pigna, en su libro Manuel Belgrano: El hombre del Bicentenario, nos informa: “En 1851, Pedro se casó en la Iglesia de Azul con Juana Rodríguez. La madrina de boda fue su madre, María Josefa Ezcurra. Para entonces, Pedro y Juana ya tenían dos hijas -Dolores, nacida en 1844, y Juana Manuela en 1847-, a las que se sumaría Juan Manuel, en 1856. Federal, Pedro Rosas y Belgrano se opuso a la Secesión de Buenos Aires en 1852; se sumó a las fuerzas de la Confederación y estuvo a punto de ser fusilado tras ser vencido en Chascomús en enero de 1853. Lo salvó ser hijo de Belgrano y la presión de diplomáticos extranjeros”.
El gobernador Pastor Obligado le otorgó el grado de Coronel efectivo el 18 de julio de 1853. Regresó a Azul, pidió la baja en 1855 por temas personales, y a principios de 1859 volvió a ofrecer sus servicios a Urquiza. Fue enviado desde Paraná junto al Teniente Coronel Federico Olivencia, para levantar a los indígenas del sur contra Buenos Aires.
Esta marcha concluyó al firmarse la paz de San José de Flores en noviembre de 1859. Tras la batalla de Pavón, pasó al cuerpo de inválidos y falleció el 26 de setiembre de 1863 en su casa ubicada en la calle Belgrano de la ciudad de Buenos Aires.
Bartolomé Mitre en su clásico trabajo de 701 páginas sobre Manuel Belgrano, no hace ninguna referencia al hijo varón de uno de los más grandes argentinos. Pasaron décadas para que la verdad saliera con fuerza a la luz pública, y pudiéramos recuperar al hombre de carne y hueso que nos legara la inmortal Bandera. (Jackemate.com)
(*) Politólogo – Historiador – Escritor Firmatense



