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Anan Gimaah quizá es el vendedor de dulces con el carácter más agrio del viejo zoco de Damasco. Si algún cliente duda sobre la calidad de sus mercancías, él refunfuña con impaciencia. Si regatean mucho, los invita a marcharse. Su idea de cháchara se reduce a quejarse de la cuenta del teléfono porque su esposa le hace largas llamadas nocturnas a su hijo, quien está refugiado en Alemania y extraña el hogar. “Me está costando una fortuna”, comentó

Sin embargo, es imposible no darse cuenta del humor que subyace en sus hoscos modales, y todo parece indicar que a los clientes les gusta. Combina con el humor de la ciudad: una capital fatigada con un aire harapiento y atrapada en una guerra interminable.

Damasco está resguardada de lo peor de la agitación y la violencia imperantes en Siria pero está llena de quienes la han sufrido —los desplazados, desconsolados, afligidos y aquellos que buscan huir— así que todo, incluso las golosinas, tiene una capa de escepticismo.

“¿A qué se refiere con de qué está hecho?”, le espetó Gimaah a una mujer mayor que se había sentado en un sillón de su tienda, y masticaba una mlabbas (una almendra azucarada). “¿No se la está comiendo?”, preguntó el vendedor.

La mujer se llamaba Najieh Dahir, y venía de Deir al Zour, una ciudad asediada en el oriente del país. En su huida a Damasco tuvo que dejar a su hija, quien quedó atrapada en un barrio controlado por el Estado Islámico. “Cometes un error y te cortan la mano”, dijo la mujer. “O pueden tomarte como su esclava”.

Ella también dejó a su marido, pero eso le molestaba menos. “Él ya no me sirve para nada”, dijo con impaciencia. “No ha enviado nada de dinero. Espero que le caiga una bomba”.

Gimaah, quien aparentemente aprecia el humor negro, se permitió una breve sonrisa al escucharla. Dahir compró 2 kilos de mlabbas y se marchó a su casa.

Una gran fotografía del presidente de Siria, Bashar al Asad, cubre el carril de una carretera cercana. Asad es una presencia constante en las regiones donde gobierna, aparece en los retratos de las oficinas de inmigración, en las calles de la ciudad y las desoladas bases del ejército.

Usa diferentes atuendos: como estadista posa con un elegante traje, cuando aparece como comandante militar viste de caqui y gafas oscuras o también se muestra como un líder valiente que posa junto a un oso.

Pero mientras la guerra se prolonga en su sexto año, Al Asad aparece en las imágenes acompañado por los líderes extranjeros que han jugado un papel crucial para mantenerlo en el poder como Hassan Nasrallah de Hezbolá, la milicia chiita de Líbano y el presidente de Rusia, Vladimir Putin, cuyos aviones han ejecutado ataques devastadores sobre las zonas controladas por la oposición.

Asad gobierna desde un palacio situado sobre una colina que ofrece una buena vista de Damasco, una ciudad que pese a los combates que persisten en algunos suburbios en manos de rebeldes, se las ha ingeniado para preservar un aire de normalidad en el centro.

Las bodas inundan las calles durante los fines de semana; los ricos se reúnen para celebrar comidas y fumar sus pipas de agua en el elegante complejo de restaurantes y bares ubicado al lado del hotel Four Seasons.

En la Damascus Opera House aún se ofrecen producciones musicales y los estudios de televisión filman series dramáticas que tienen muchísimos fanáticos en el mundo de habla árabe. Hay pocas señales de los rusos que han jugado un papel militar tan decisivo en los últimos seis meses.

Siria, que en otra época fue un país de ingresos medios, solo tiene una diminuta minoría que puede darse el lujo de la buena vida.

La crisis ha causado que muchos jóvenes huyan al extranjero, ya sea en busca de trabajo o para evitar la conscripción militar. Más de la mitad de la población previa a la guerra ya fue desplazada.

Algunos de los que permanecen en el país han empeñado su oro —tradicionalmente el último recurso— para cubrir sus gastos personales. “Todo está cambiando. Podemos sentirlo”, dijo Waddah Abd Rabbo, el director editorial de Al Watan, un diario privado. “La gente está cansada. Además, el Estado está bajo una intensa presión; es un milagro que siga funcionando”.

A lo largo de la ciudad los afiches descoloridos de la elección parlamentaria reciente cubren las paredes. Sin embargo, poca gente se siente cómoda hablando de política, particularmente con extranjeros como yo que estamos acompañados de un funcionario del Ministerio de Información.

Decenas de tiendas destruidas

Más de 100 tiendas de Damasco fueron destruidas por un reciente incendio. Las autoridades dijeron que el fuego se produjo por un cableado defectuoso, no fue un acto de guerra. Credit Declan Walsh para The New York Times

Hay poco entusiasmo por las conversaciones de paz en Ginebra, que para muchos sirios parecen una abstracción, en el mejor de los casos, y un ejercicio de maniobras cínicas, en el peor. Pero la frustración por las dificultades inducidas por la guerra no puede evadirse, y los eventos más improbables son absorbidos por la política paranoide de la guerra.

Recientemente, un incendio se extendió por un rincón de la vieja ciudad y llegó a incendiar más de 100 tiendas y establecimientos comerciales, rápidamente circularon rumores en internet de que Irán, otro de los aliados de Asad, era responsable del suceso. La explicación oficial fue más prosaica: un cableado eléctrico defectuoso.

La Gran Mezquita de la ciudad, un magnífico edificio que es reverenciado como uno de los lugares sagrados del islam, siempre atrajo a una gran afluencia de peregrinos. El flujo de visitantes ha disminuido pero el templo sigue intacto… a diferencia de la mezquita de Alepo, que fue destruida durante los combates.

En una noche reciente varias parvadas de golondrinas volaron hasta posarse sobre el antiguo patio del templo. En su interior el cuidador Salim al Rifai, de 85 años de edad, las observaba desde un pequeño santuario que, según la leyenda, contiene la cabeza de Juan Bautista.

En los últimos cinco años los cambios en Siria han marcado “la diferencia entre el cielo y la tierra”, dijo Al Rifai. Pero comenta que incluso las peores calamidades no duran para siempre y agregó: “Esto, de igual forma, pasará”.

Sin embargo, advierte que sus paisanos deben cambiar. “Necesitamos creer en Dios y hacer lo que él nos pide”, dijo. “Además, nos hace falta ayudarnos mutuamente para volver a ser humanos”. (Jackemate.com)

 

(*) Especial New York Times

 

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