Por Carlos Castro (*)

El apoyo a la independencia de Catalunya ha registrado un crecimiento espectacular en la última década. Hace 15 años, las formaciones nacionalistas apenas movilizaban el 25% del censo electoral. Pero, seis años después, en los comicios del 2012, un nacionalismo ya explícitamente soberanista lograba el apoyo del 33% del censo. Un crecimiento de casi ocho puntos.

Y ese avance se mantuvo en las autonómicas del 2015 (hasta alcanzar el 35% del cuerpo electoral) y volvió a confirmarse en las del 2017, cuando las formaciones independentistas cosecharon el respaldo de más del 37% del censo electoral.

¿Mantendrá el independentismo esa velocidad de crecimiento en el futuro? ¿O, por el contrario, la aceleración de la última década habría sido solo un fenómeno puntual provocado por una suerte de tormenta perfecta de calamidades?

El resultado del 14-F –más allá del efecto simbólico que supuso superar el 51% de los votos con una participación de poco más de la mitad de los electores– representó un frenazo en toda regla a ese avance. El respaldo al independentismo cayó diez puntos: al 27% del censo.

¿El secesionismo en declive?

Aun así, la pregunta sigue manteniendo su vigencia: ¿Ha entrado en declive el secesionismo? ¿O el 14-F fue solo un paréntesis y el independentismo continúa manteniendo un voto potencial por encima del 37% del electorado?

Y más importante aún: ¿El apoyo a la independencia podría recuperar la velocidad de crecimiento que ha mostrado en la última década, hasta alcanzar lo que, según la metáfora gravitatoria, podría considerarse una “velocidad de escape”?

Esa “velocidad de escape” la estableció la Unión Europea en el referéndum de Montenegro, en el que fijó un respaldo superior al 55% para reconocer la separación de Serbia. Pero aquella experiencia evidenció que en ese tipo de consultas la participación siempre alcanza o incluso supera el 80%.

Y eso significa que para que la ruptura se imponga, necesita contar con un apoyo superior al 44% del censo.

Trasladado al caso catalán, el independentismo se encontraría aún a siete puntos y 400.000 votos de la “velocidad de escape” (o a 17 puntos y un millón de papeletas, de acuerdo con el resultado del 14-F).

La distancia parece insalvable, pero si la sociedad catalana experimentase otra sacudida como la que sufrió en la última década, el respaldo al independentismo podría crecer de nuevo. Ahora bien, ¿puede ocurrir algo así en el futuro inmediato? La respuesta a esa pregunta exige identificar los factores que hicieron posible la eclosión soberanista.

Nacionalismo y soberanismo

 Para empezar, es evidente que el salto que se produjo entre el alicaído nacionalismo de los comicios del 2006 y el creciente soberanismo de las elecciones del 2012 no se produjo como consecuencia de un brusco cambio paralelo del censo electoral.

En ese periodo, el padrón incorporó a algo más de 350.000 nuevos electores, pero no todos eran independentistas, como revelan las encuestas y los resultados posteriores.

Más bien parece que la eclosión del independentismo en los comicios del 2012 fue el resultado de una coyuntura política en la que la pésima gestión del malestar catalán hizo visibles unas mutaciones en el cuerpo electoral que se habrían iniciado ya a principios de los 90.

¿El futuro nuevo Estado independiente de la Comunidad Europea?

Los sondeos detectaron entonces un cambio en la fisonomía identitaria de los ciudadanos (con un avance de la identidad exclusivamente catalana) y un tímido despegue del apoyo a la secesión.

Es decir, en el 2012 la aceleración electoral del independentismo habría coincidido con un fenómeno de acumulación de tensión identitaria. Y la prueba de ello es que los partidos nacionalistas, que concurrían por primera vez con una oferta rupturista, sedujeron a más del 30% del censo electoral catalán, algo que no había ocurrido desde 1995.

Esa acumulación de voto secesionista vino acompañada de otros cambios. Por ejemplo, los nuevos electores desde 1990 suponían alrededor del 25% del censo electoral del 2012. Y si el cómputo se llevaba hasta 1980, esa renovación representaba al menos un tercio del cuerpo electoral del 2012.

La progresiva incorporación de nuevos electores, muchos de ellos con una identidad más acentuada que la de sus predecesores, explicaría la existencia de un terreno fértil para la cristalización de un creciente espacio independentista en la última década.

Sin embargo, ni los resultados del 14-F ni los indicadores de las últimas encuestas respaldan la hipótesis de que el apoyo a la independencia vaya a seguir creciendo a ese ritmo. Más bien al contrario. Y el equilibrio que vienen registrando los sondeos entre partidarios y opuestos a la secesión (siempre en torno al 50%) lo confirmaría.

En este sentido, hasta el 2017, los nuevos electores (jóvenes de entre 18 y 24 años) lideraban el respaldo a la independencia en las encuestas. Y expresaban también porcentajes más altos de identidad solo catalana. Pero esa deriva se quiebra a partir del 2019.

Los nuevos grupos que ingresan en el censo exhiben menores tasas de apoyo a la secesión y una identidad más plural que el resto de la población. La combinación de algún grado de catalanidad y españolidad llega entre los jóvenes al 77%, diez puntos más que en el 2015.

A partir de ahí, la velocidad de expansión del independentismo debería reducirse, hasta propiciar una cierta contracción de la masa crítica de apoyo a la secesión. Y eso apuntaría a un empate infinito entre partidarios y contrarios a la ruptura, obligados a encontrar un modo satisfactorio de convivir en el mismo país. (Jackemate.com)

 

(*) Especial de La Vanguardia

 

 

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