Por Ricardo Marconi (*)

Hasan Dahir Aweys comenzó a ser investigado con mayor profundidad por el FBI y luego por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), a partir de su incorporación a la lista que posee Estados Unidos, en la que figuran los principales sospechosos de formar parte de una célula de Al Qaeda, que actuó en África, tras la colocación de bombas en las embajadas de Kenia y Tanzania, en 1998.

Aweys viajaba a Dubai y a ciudades somalíes y por ello resultó evidente –por datos recolectados-, que tenía a su cargo una gavilla de pistoleros jóvenes que se llamaban a sí mismos “Al Shabaab, palabra que significa “Los Jóvenes”.

Era, por ese entonces, un grupo que deambulaba por las callejuelas de Mogadiscio, secuestrando y matando a aquellos que –según los componentes de la banda-, habían jurado fidelidad al gobierno de transición somalí, esto es una organización corrupta creada por Naciones Unidas y que tenía poco control institucional del país.

La CIA, mediante una “estación” de espionaje permanente en Kenia los monitoreaba desde la ciudad de Nairobi, a partir del acto terrorista del 11-S.

La dependencia de la CIA en Kenia creció a partir del apoyo de dólares y de personal, luego que el director de la Agencia, Porter Goss decidió profundizar el interés en África, incluso con la apertura de otras dependencias en el continente.

A finales de 2005 y comienzos del 2006, llegaron a la casa central de Langley, Estados Unidos, informes alarmantes sobre el barbirrojo Aweys y sus asesinos.

En distintos cables secretos el investigado terrorista y el afgano Aden Hashi Farah Ayro estaban preparando el camino para que Al Qaeda estableciera una base en Somalia.

Fue así que la Casa Blanca encontró –mediante la Agencia aludida-, un ejército para que luchara por Mogadiscio: Había nacido el ARPCT de los Señores de la Guerra, quienes pasaban a cobrar en dólares y armamento en la CIA.

Indignación

Esa decisión produjo indignación entre los funcionarios africanos y lo hicieron saber a través de un cable, emitido por el segundo de la Embajada Norteamericana en Kenia, Leslie Rone, a quien acompañó Michael Zorick, funcionario político del Departamento de Estado para Somalia, quien criticó ferozmente la política con los Señores de la Guerra por la entrega de armas.  Zorick terminó desplazado y destinado a Chad.

Estallido en la cara de la CIA 

Zorick finalmente tuvo razón. En lugar de debilitar al islamismo, la situación se desequilibró en Somalia y sus funcionarios comenzaron a acordar con la Unión de Tribunales Islámicos (ICU), como mecanismo para librarse de la influencia extranjera en el país y acabar con los Señores de la Guerra.

El gobierno estadounidense optó entonces por restablecer las instituciones políticas somalíes, pero la ICU aprovechó para consolidar su poder en la capital, lo que fue aprovechado por Aweys para obtener mayor influencia.

La CTC hace la suya  

Hank Cruhpton, espía del Centro Antiterrorista (CTC), actuaba como coordinador de antiterrorismo, aunque para la opinión pública y los medios figuraba como embajador plenipotenciario, aunque en realidad su función era la de dirigir operaciones encubiertas. Finalmente, el pato del desequilibrio generado lo pagó el jefe de la estación de la CIA en Nairobi.

Jendayi Frazer, un destacado político africano del Departamento de Estado hizo una declaración pública para dar a conocer la existencia de conexiones directas entre la ICU y Al Qaeda, por lo que la ICU fue calificada de inmediato como terrorista y, a mediados de 2006, Somalia se estaba convirtiendo en el terreno de una guerra externalizada.

Le abren la puerta a Ballarin 

Toda la situación indicada le abrió la puerta a Michele Ballarin, una contratista de cuarto nivel de la CIA en el área de Defensa. Ella se reunió en Kenia con Abdullahi Yusuf Ahmed, que dirigía desde el exilio al gobierno somalí.

Ballarin viajó como lo hacía habitualmente con maletas Louis Vuiton, joyas carísimas y prendas de vestir de Gucci para deslumbrar a los habitantes de uno de los países más pobres del mundo, consiguiendo el efecto deseado: La comenzaron a llamar con la palabra árabe que significa princesa.

La llamaban “Amira”, quien por otra parte había tratado de lograr ser congresista, de la mano de Ronald Reagan, representando a Morgantown, a lo que hay que agregar que era concertista de piano y basó su campaña en criticar a su oponente por gastar dinero de los contribuyentes para imprimir el “Playboy” en Braile. Obviamente, fue derrotada.

Luego se casó con Gino Ballarin y lograron, gracias a la organización de fiestas de primer nivel, ser incluida en el “Libro Verde”, un directorio norteamericano de ciudadanos prominentes de Washington, una especie de biblia de la elite.

Michelle, para seguir con su vida regalada, continuó dando fiestas y generando en su propiedad partidos de polo durante los años noventa y principios de la primera década del siglo, mientras conducía una empresa que vendía muchos productos, entre los que estaban los chalecos antibalas.  Con el tiempo se hizo sufista y comenzó a formar un grupo de resistencia a los islamistas, con lo que se metió en el caos.

El objetivo de la reunión 

En el cónclave con Yusuf Hamed, Michelle lo interiorizó sobre la creación de una base en la ciudad portuaria de Berberá, donde ya había una pista abandonada de la NASA que iba a ser utilizada como pista alternativa para el descenso de transbordadores espaciales. Ballarin quería el lugar para entrenar fuerzas contrarias a Al Shabaab.

Un amigo de Michelle, Chris Farina, poseedor de una empresa de seguridad privada, con sede en Florida, le aconsejó vincularse con el Pentágono y no hacerlo con la CIA. Y Ballarin siguió su consejo, aunque tardó dos años en hacerlo y logró el financiamiento de sus aventuras en Somalia.

A todo esto, en Somalia, se prohibieron las películas extranjeras y los partidos de fútbol. Las mujeres debieron utilizar un velo en el rostro y se prohibió el Khat, la hoja verde narcótica que los hombres masticaban para conseguir un abotargamiento agradable. La población comenzó a creer que Somalia se convertiría en un santuario de Al Qaeda, en su frontera oriental.

Verano del 2006 

Funcionarios etíopes comenzaron a mencionar, sin tapujos, la posibilidad de que se decidiera la invasión a Somalia, para terminar con la Unión de Tribunales Islámicos y tras una visita a Addis Abeba, por parte del general John Abizaid, del mando central de Estados Unidos, a funcionarios del Departamento de Estado, en la embajada de ese país, donde había agentes de la CIA, les ofreció apoyo para dirigir los tanques etíopes hacia Mogadiscio.

Tras el regreso del general a Washington, el director de inteligencia nacional, John Negroponte, autorizó que satélites espías apuntaran a Somalia para fotografiar en favor de las tropas etíopes.

En definitiva, la CIA quería que los etíopes pelearan su guerra en Somalia. Ello dio pie a que intervinieran aviones C-130, que, junto a suministros humanitarios, llevaban a Somalia material de guerra camuflado para los comandos SEAL y para la Delta Force, los que se estaban infiltrando en Etiopía, como parte de una unidad secreta denominada Fuerza Especial 88, cuyo plan consistía en utilizar la invasión etíope como tapadera para capturar a miembros de mayor rango de la ICU, según órdenes de Donald Rumfeld, de 2004.

La misión se hizo realidad en 2007 y días después de que la primera columna de tanques comenzara a golpear las instituciones de la Unión de Tribunales Islámicos, en el suroeste de Somalia, se sumó la Unidad de Vigilancia Zorro Gris, que también hacía tareas de espionaje con el nombre de Fuerza Especial Naranja. Su especialidad era la de localizar a los comandantes de la ICU por interceptación de sus comunicaciones telefónicas, a los que se sumaron dos aviones de combate C-130, armados con cañones de 105 mm y ametralladoras Gatling.

Se atacó a un pueblo pesquero donde se escondía Aden Hashi Farah Ayro, líder de Al Shabaad y tropas etíopes y de Estados Unidos revisaron concienzudamente los restos del lugar, luego de la descarga de misiles y hallaron el pasaporte de Ayro manchado de sangre.

Los C-130 realizaron un segundo ataque dos semanas después contra otro comando islámico, pero en este caso sólo murieron civiles. Los comandantes de la ICU no pudieron ser capturados y la ocupación se calificó como desastrosa.

A las pocas semanas del final de los combates, oficiales de alto rango etíopes declararon haber logrado los objetivos militares y luego hicieron lo propio respecto a una retirada. Es que el ejército etíope había lanzado una campaña sangrienta y urbana, disparando proyectiles de artillería contra mercados públicos y barrios matando a miles de civiles.

Luego se produjeron saqueos y violaciones grupales y la resultante fue una oleada de reclutamiento para Al Shabaad, que aprovechó para colocar bombas en carreteras y utilizó tácticas guerrilleras combatientes de Marruecos y Argelia y de Estados Unidos.

A tal punto ocurrió esto, que Shirwa Ahmed se unió a Al Shabaad y con un coche lleno de explosivos impactó un edificio gubernamental en Puntlandia, al norte de Somalia, convirtiéndose en el primer suicida norteamericano de la historia. (Jackemate.com)  

 

(*) Licenciado en Periodismo – Postítulo en Comunicación Política

 

 

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