Por Gustavo Battistoni (*)
Juan B. Justo nos invita a mirar el pasado argentino no como un simple desfile de grandes hombres y mujeres haciendo la Historia, sino como un inmenso drama colectivo de fuerzas económicas y luchas sociales. En un notable, y olvidadísimo libro, La Revisión de la Historia Argentina, Enrique de Gandía, nos plantea: “Salvo las vacilaciones de los primeros historiadores de nuestros orígenes y de nuestra nacionalidad…nadie comprendió más hondamente la urgencia de revisar la historia argentina y contarla con nuevas fuentes, nuevos métodos y nuevas concepciones, que el doctor Juan B. Justo, fundador en la Argentina, del partido Socialista”.
El revisionismo de Juan B. Justo, entroncaba con la interpretación de Juan Bautista Alberdi, pero con un método inquisitivo mucho más sólido como era la doctrina de Carlos Marx y Federico Engels. Llamaba a esta concepción interpretación económica, diferenciándola del concepto de materialismo histórico que le parecía “metafísico”. Esta mirada de la historia nacional, será retomada por muchos investigadores, entre ellos, Juan Álvarez en su libro Las Guerras Civiles Argentinas.
Toda su obra es una profunda reflexión sobre nuestra historia, pero tres textos, La Teoría Científica de la Historia y la Política Argentina, conferencia de 1898; Teoría y Práctica de la Historia, de 1909, y su escrito que lleva el título de El socialismo argentino, de 1910, merecen particular interés. En otro artículo nos hemos detenido en el que consideraba su principal trabajo, así que nuestro desarrollo estribará en los dos restantes estudios.
En La teoría científica de la historia y la política argentina, la historia se nos revela despojada de sus mitos. Nos cuenta que el destino de la República Argentina, no se forjó por la magia de grandes ideales, sino por el empuje de la economía y la lucha de clases.
En los tiempos de la Colonia, Buenos Aires creció a la sombra del contrabando, rebelándose de la Metrópoli, de manera que la Revolución de Mayo no fue un estallido repentino de ideales abstractos, sino el resultado de una necesidad imperiosa de la burguesía. Hombres como Vieytes y Mariano Moreno, comprendieron que el monopolio español ahogaba la inmensa riqueza de nuestros campos y ganados.
La independencia fue, ante todo, la búsqueda de autonomía económica para comerciar libremente con el mundo, contra las leyes y el monopolio de España porque las riquezas de esta tierra, sus vacas y sus frutos, necesitaban salir al mundo.
No fue un sueño romántico de libertad, sino el despertar de una naciente burguesía que exigía el libre comercio para no ver pudrirse sus productos en los campos. Afirma: “El pueblo argentino no tiene glorias. La independencia fue una gloria burguesa; el pueblo no tuvo más parte en ella que servir los designios de la clase privilegiada que dirigía el movimiento. Pero pronto tuvo que luchar contra esta clase para defender el suelo en que vivía contra la rapiña y el absoluto dominio de los señores. Hasta entonces había habido en el país una especie de propiedad común de la tierra, porque esta era muy extensa y los pobladores muy pocos. Los gauchos se movían con libertad en el vasto territorio que les daba fácilmente lo que ellos necesitaban para vivir”.
Sin embargo, esta revolución trajo consigo una profunda tragedia social: las guerras civiles. Pinta a las montoneras como el levantamiento de un pueblo empobrecido, que seguía a sus caudillos para defender su modo de vida tradicional frente a una clase dominante y urbana, que buscaba imponer el progreso capitalista.
Al final, los gauchos triunfaron en lo militar, pero fracasaron porque su proyecto era un estancamiento imposible y terminaron siendo neutralizados por los que se adueñaron de la tierra. Es de notar, sobre la lectura que hace de este contexto histórico, que Luis Pan, en su libro, El mundo de Nicolás Repetto, afirma que las Memorias Póstumas, de José María Paz, era el libro de cabecera de Juan B. Justo.
Observa: “Las montoneras eran el pueblo de la campaña levantado contra los señores de las ciudades. Hombres, mujeres, y niños, la población campesina en masa resistía a la dominación. López en Santa Fe, Ramírez en Entre Ríos, Quiroga en el interior, fueron los jefes de la insurrección del paisanaje contra el odiado gobierno burgués de Buenos Aires. Los gauchos defendían el terreno que pisaban: Luchaban a su modo por la libertad”.
En su trabajo, El socialismo argentino, escrito para la edición especial del Centenario en el Diario La Nación, y finalmente no publicada en aquel momento, Juan B. Justo sigue en líneas generales, con brillante desarrollo, lo planteado en sus escritos históricos anteriores. Relata que a principios del siglo XIX, los que trabajaban con sus manos eran una casta miserable, sometida al látigo: esclavos negros traídos en barcos, e indios reducidos a un trabajo mortal.
La Revolución de Mayo, de carácter netamente burgués, abolió algunas formas de servidumbre como la mita, pero no fue pensada para los humildes, sino para los comerciantes y propietarios. Tras la desaparición y sometimiento del gaucho rebelde, el escenario cambia con la llegada de los barcos europeos. El Estado y los grandes terratenientes acapararon la tierra, y trajeron al inmigrante europeo, viéndolo como una simple mercancía.
Estos nuevos pobladores sufrieron el fraude, el engaño y el robo de su trabajo, mediante el uso de papel moneda sin valor. Con el fin de las guerras civiles y la llegada de la inmigración masiva, la oligarquía gobernante implementó, tomando la conceptualización del capítulo 25 de El Capital de Marx, la colonización capitalista sistemática, tema desarrollado en su polémica con Enrico Ferri.
En lugar de entregar la tierra a los colonos para que formaran sus propias chacras, el Estado regaló enormes latifundios a los poderosos. Al fijar precios inalcanzables para la tierra, obligaron al inmigrante a vender su fuerza de trabajo, convirtiéndolo artificialmente en un peón asalariado. A pesar de este despojo, agravado por las crisis económicas y el uso de moneda falsa, los trabajadores comenzaron a unirse.
Finalizamos nuestra nota, con un planteo del fundador del socialismo argentino, expuesta en su Conferencia de 1898, que a nuestro entender tiene plena vigencia:” El progreso económico nos ha incorporado de lleno al mercado mundial, del que somos una simple provincia. Esa división del trabajo exige que hagamos nuestra propia gerencia si queremos conservar nuestra autonomía”.
Y remata, clarividente: “Si atentos únicamente al lucro inmediato, olvidamos que en las sociedades modernas cada hombre tiene papel político que desempeñar, seremos una simple factoría europea, con una apariencia de independencia política, hasta que quieran quitárnosla, o alguna nación más fuerte nos acuerde su humillante y cara protección.” Más claro imposible… (Jackemate.com)
(*) Historiador – Escritor firmatense – Fuente: Elcorreodigital.com.ar


