
Por Ricardo Marconi (*)
Durante siglos la especie humana aceptó la violencia, aunque de manera paralela, tomó urgentes medidas para evitar sus peores estallidos. Sin embargo, la aceptó como algo inherente al mundo natural.
No obstante, vale resaltarlo, el deseo de matar fue admitido con el ánimo de contener dicha tendencia, de acuerdo a sus necesidades, siendo el impulso adscripto a la naturaleza humana.
En tal sentido se creyó que convenientemente dirigida, la violencia bélica se convertiría en una virtud e impropiamente usada resultaría nociva.
Así, los militares pusieron la violencia al servicio de lo que ellos denominaron “las causas legítimas” como por ejemplo la defensa nacional e, incluso, lograron que las armas fueran bendecidas antes de ser utilizadas contra otros seres humanos. El tema pasaba entonces por la necesidad de aplicar severos códigos éticos para apelar a la fuerza.
Nuestras diferencias con las bestias
El ser humano difiere de las bestias por su capacidad de manipular su animalidad para ponerla al servicio de los símbolos y utiliza la razón para frenar su parte bestial.
Un medieval punto de vista enmarca al ser humano señalando que, al nacer, no tenía propensiones malignas, las que, según esa teoría, se originan en sociedades malsanas y corrompidas.
Dos guerras mundiales, centenares de contiendas bélicas locales y regionales y millones de muertes como resultante, no han logrado que el hombre renuncie a la idea de que es posible eliminar la violencia.
Es más, los culturalistas discrepaban en cuando al grado de la bondad humana, pero se oponían a la idea del innatismo.
De ello surge que cualquier tipo de comportamiento humano es adquirido y la violencia, como el amor, necesariamente debe ser aprendido, o sea impreso en la ‘Tabula Raza’ que es cada individuo.
Los antropólogos sostienen que la violencia “es fácilmente aprendida porque estamos “montados” para que así ocurra, ya que el accionar agresivo existe en potencia en el animal humano que posee la tendencia violenta, en función de sus simbólicas necesidades”, por lo que es fácil inducirnos a ser violentos, pero al mismo tiempo, podemos girar la llave para ser pacíficos.
Quienes hemos estudiado criminología, hemos tomado debida cuenta que la intimidad estimula el crimen y cuando ello se masifica en una guerra se produce una embestida contra el edificio social.
En caso de las guerras, la pequeña tragedia de un homicidio se transforma en un crimen contra la humanidad.
Una vez más, con el conflicto bélico entre Rusia y Ucrania corremos el peligro de terminar achicharrados por explosiones de misiles o si la situación se agrava en atómicas, como en 1945.
Sin embargo, es necesario dejar claro, a nivel de ejemplo, que las víctimas, os japoneses, una generación más tarde comenzó a bregar por la formación de una nueva fuerza militar.
Y los alemanes, vencidos, se armaron nuevamente y hoy por hoy conformaron una poderosa fuerza militar en Europa Occidental.
La idea de que viviríamos en paz si no existieran los factores que fomentan la guerra, es legítima, pero tan profunda y eficaz como como la afirmación de que sin enfermedades no necesitaríamos hospitales. Lo cierto es que hay enfermedades, violencias a todo nivel y guerras.
No es casualidad que por sostener que nuestros enemigos son los malos, hemos exterminados a millones de seres humanos.
En definitiva: La humanidad no ha cambiado, simplemente continúa realizando con más implacable eficacia lo que ha estado haciendo desde que existe sobre la Tierra, aunque nos enfrentamos a la perspectiva de la destrucción de nuestra especie. (Jackemate.com)
(*) Licenciado en Periodismo – Postítulo en Comunicación Política

