Ricardo Marconi (*)

Desde la primera luz del alba hasta la última, hasta la caída del sol de Neemuch, en el estado de Madhya Pradesh, se trabaja en la fábrica de esa localidad de la India que posee la más grande pileta del mundo, con una capacidad de mil toneladas de opio, así bautizado en honor a Morfeo, Dios del sueño.

Allí, a 452 kilómetros sobre el nivel del mar, donde habitan 1,2 millones de almas (2020), el producto seco y empaquetado sale lista la morfina para exportación.

En Neemuch los obreros de la fábrica tienen la obligación de ducharse al terminar su turno para evitar que se le peguen en el cuerpo las partículas del alcaloide que nos ocupa.

Así y todo, un gran número de campesinos desafían al gobierno estatal y mantienen plantaciones prohibidas y lo hacen debido a que si trabajaran sobre otros cultivos se morirían de hambre.

Obviamente, la producción ilegal se transforma en heroína en manos de traficantes con destino final a las calles del primer mundo, luego de que pasa por los principales exportadores que operan en Birmania, Irán, Afganistán, Pakistán, Laos, Tailandia y México.

Hay que apuntar que, en 1979, en Pakistán, el cultivo se prohibió y la actividad es controlada por un Consejo de Ancianos que autoriza la salida de la producción clandestina por la frontera con Afganistán, aunque, vale dejarlo claro la mitad de la producción queda en Pakistán, a pesar de que se ha producido la ejecución de más de 150 mil adictos y medio millón de fumadores de opio.

Trabajadores en los campos de opio en la India

Los “camellos” drogadictos recorren a la carrera y de memoria la distancia que los separa de su dosis diaria.

El triángulo dorado

En la zona limítrofe de Birmania, Tailandia y Laos, conocido como el “Triángulo Dorado”, se desarrolla una “guerra” oculta que agita la zona selvática, ya que una ¼ parte de la heroína que se consume en Estados Unidos proviene de esa zona.

Los vendedores canjean su producción ilegal por medicamentos y artículos de primera necesidad para que los grandes ganadores del tráfico recojan al final del camino el producido de un negocio de billones de dólares.

Entre esos triunfadores está la alianza farmacéutica que expande la morfina y la codeína con el pretexto de la lucha contra el dolor.

En la India el cultivo no está prohibido y cada familia puede sembrar 1.000 m2. De su producción final debe entregar al gobierno 4 kilos y ½ de opio, bajo de advocación de la diosa Kali y es por ello que es común ver entre los surcos el armado de altares y la quemazón de incienso.

La resultante en la India es que casi el 20 % de los mayores son adictos y otro 40% fuma con frecuencia.

Verificación

Nada pasa por alto para el gobierno, ya que en el centro de cada pueblo sus representantes verifican la calidad de la pasta de opio que parece chocolate oscuro y tras su decomiso, se la traslada custodiada por patrullas armadas.

El producto pasa por un piletón para su secado por 20 días, a los efectos de que la concentración de opio llegue al 90%.

Muchas personas, prisioneras de la heroína harían cualquier cosa para conseguir su dosis y repetir la cadena trágica que desemboca finalmente en la muerte tras pasar por el placer, la desesperación, el hurto, el robo, el homicidio y la prostitución.

Sólo en Estados Unidos los drogadictos dependientes suman cientos de miles y el número crece –como en todo el mundo-, día a día.

“No son pocos los que piensa que la morfina se convirtió en un problema serio después de la invención de la jeringa hipodérmica, en 1853. De esa manera, las moléculas llegaban directamente a la sangre y la heroína, creada en un principio para disminuir el poder adictivo de la morfina, no hizo otra cosa que empeorar la situación”. (Jackemate.com)

 

 (*) Licenciado en Periodismo – rimar9900@hotmail.com

 

 

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