Lunes, Febrero 17, 2020
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Introspecciones: Morir para "vivir"

 

En diversos artículos publicados mediante esta columna, analizamos, desde diversos parámetros,  los conflictos bélicos que se viven en Afganistán, Irak, Irán y, últimamente, en Yemen. Pero hasta el presente soslayamos el punto de vista del terrorista sobre dichas guerras controladas.

 Creemos que es hora de hacerlo, apoyados, tangencialmente en una investigación periodística de Sarah Kershaw. La investigadora señala que una vez implantado el conflicto con su consecuente resistencia guerrillera, en la última de las nombradas se conforma un grupo que, en primera instancia como una resistencia unificada, inicia un proceso de radicalización, esto es que actúa mediante acciones extremas y drásticas.

Individualmente los individuos que lo sostienen actúan en consuno y sus convicciones “son más susceptibles al cambio”. [1]

A ello hay que agregarle un elemento de trascendente importancia: Los terroristas están convencidos que la violencia contra el enemigo no es inmoral y quizás por ello sus adalides no tienen remilgos para “hablar públicamente sobre sus experiencias”. [2]

Lo que no informan los gobiernos que pertenecen al Grupo de los 8, es que ya hay miles de guerrilleros sudamericanos, europeos y asiáticos que están insertos en programas de des-radicalización y son sometidos a varios test psicológicos que permiten –por añadidura-reunir información sobre el sujeto y sus contextos familiares y sociales, para trabajar, en el ámbito de inteligencia militar en conflictos armados de baja y mediana intensidad.

A las teorías de doña Sara se le enfrentan análisis de especialistas que indican que la radicalización terrorista “sólo es religiosa, política o relacionada con factores de poder”. [3] 

Dichos analistas han establecido patrones de conducta terroristas según los siguientes parámetros:

  • La absorción y transmisión generacional de parámetros de creencias extremas desde la niñez temprana. [4]
  • Una fuerte idea de victimización.
  • La convicción de que las violaciones morales del enemigo justifican el uso de la violencia extrema para alcanzar una posición moral más elevada. Entienden que si no se usa la violencia están en peligro de extinción y que carecen del poder político suficiente para efectuar cambios sin el uso de la violencia.

Sara Kershaw en un trabajo de su autoría reveló que” algunos terroristas tienen mentalidad criminal y fueron delincuentes. Paradójicamente, la angustia de la muerte desempeña un papel significativo en el adoctrinamiento de los terroristas y los suicidas.

El miedo inconsciente a la mortalidad, a no dejar ningún legado, los lleva con la ayuda de un disparador, a que se acelere su radicalización”.

Poco o nada se dice en los medios de comunicación que hacen del análisis de la información internacional su razón de ser, acerca de los psicólogos y psiquiatras que preparan a los suicidas.

 La interrelación grupal 

 Esos psicólogos y psiquiatras, formadores de asesinos-suicidas, conocen al dedillo la teoría que refiere que cuando las personas se hallan en grupo son más proclives a tomar decisiones riesgosas, debido a que entienden que el riesgo es compartido y esa circunstancia hace que se asusten menos.

John Morgan, director del Centro Internacional para el Estudio del Terrorismo, con sede en la Universidad de Pennsylvania tiene claro que los terroristas –suicidas tienen limites internos, al igual que los que soportaron los kamikazes japoneses en la Segunda Guerra Mundial.

En los dos casos están íntimamente convencidos que su acción aniquiladora final aproxima a su pueblo a la victoria.

Interiormente saben que “una vez que se es terrorista, no hay posibilidad de regresar atrás una vez que se les asigna una misión suicida, ya que se convierten en “mártires”.

Volver sobre sus pasos significaría una humillación personal y la de su familia, que apoya el acto suicida, ya que ello implica que recibirá una importante suma de dinero para su subsistencia y la consideración honorífica de su pueblo.

 Promesas

 Tras ser “contactados”, los candidatos a ser terroristas-suicidas, se los recluta bajo la promesa de una vida excitante y la posibilidad de ser los “elegidos” para cambiar el mundo.

Si sobreviven un tiempo comienzan a pensar en que sus vidas han cambiado y que quieren formar una familia, pero el miedo a la humillación a la que hicimos referencia los obliga a no huir y finalmente llega “la misión suicida”.

Allí, aunque tarde advierten que su visión noble en el marco del grupo que conformaron se transforma en violencia intrínseca... y la muerte los atrapa definitivamente.

 

Por Lic. Ricardo Marconi

 

 

[1] El texto encomillado pertenece a conceptos de Sarah Kershaw.

[2] Íbidem

[3] Criterios de analistas de campo en lugares de combate contra guerrilleros y terroristas.

[4] Este criterio se sustenta en estudios realizados por el profesor de psicología Jerrolia  Post.

 

 

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