Sábado, Noviembre 18, 2017
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Introspecciones: Pyongyang estudia como disminuir su nivel de conflicto con Washington

Desde ya hace varias semanas, en esta columna,  se proporcionan datos precisos sobre la posibilidad de un choque militar en la península coreana. No es razonable, como pretende  Corea del Norte, generar un conflicto nuclear con potencias mundiales sin tener consecuencias mortales a gran escala.

Más razonable es pensar que sólo se busca una distracción del enemigo, mientras sigue desarrollando armas nucleares.

Otra probabilidad es que Pyongyang busque un margen temporal para guardar las apariencias mientras estudia como disminuir el nivel de conflicto en su enfrentamiento con Washington.

Está claro que Trump no declaró la guerra. El presidente norteamericano no come vidrio y Kim Jong Un tampoco podrá sostener por mucho tiempo sus amenazas sin controlar algún error humano que conduzca a la destrucción casi total del planeta.

Es mi intención sustentar estas apreciaciones con información que considero criteriosa.

Me refiero, en principio, que existen en la raza humana cruciales relaciones -hombre a hombre-, en las que se fundamentan acciones políticas y, entre ellas, algunas puntuales como la defensa y la guerra con su implícita conducción.

Los medios de comunicación, a cada instante, hacen referencia –como elemento distintivo-, a la “problemática de la agresión” y en  lo atinente a la información internacional el conflicto “pre bélico” tiene como protagonista central a Corea del Norte.

A pesar de ello, a despecho de los litros de tinta empleados en la temática que nos ocupa, comparto el criterio de antropólogos que sostienen que “la agresión no existe”.

La agresión humana es idéntica a la que se da  en cualquier otra especie animal, surge de causas similares y cumple la misma función: Se trata de una fuerza inherente al proceso evolutivo de todas las especies que se reproducen sexualmente.

 Entre otras causas la selección natural impone la competencia y en ese mecanismo todo animal debe esforzarse por superar a otro dominando su territorio para obtener predominio e intervenir en la selección natural.

Si la cúpula del gobierno de Corea del Norte es agresiva no implica que sus componentes no cooperen entre sí y no se ayuden o no sean leales entre sí, sino todo lo contrario.

Los etólogos sostienen que dicho último factor constructivo que beneficia a la especie, al degenerar en violencia se convierte en una amenaza contra el orden interno y la supervivencia.

Corresponde a nuestra especie obtener un delicado equilibrio, ya que  entre los miembros de una misma especie y una misma población debe existir  cierta cuota de agresión, a fin de asegurar el proceso selectivo y las indispensables funciones menores.

Que quede claro para evitar confusiones: la agresividad, generalmente, es contenida para que no desemboque en violencia interna y destruya la población y los norcoreanos estimulan esa agresión para oponerse a la amenaza externa.

La guerra

La guerra, en un tiempo muy lejano se desarrolló entre los humanos para controlar  las discrepancias entre los grupos en pequeñas escalas y ello constituía la quintaesencia de la vida masculina, ya que les permitía a los hombres vestir gloriosos uniformes, insignias con rangos, ejercitarse físicamente, aprender a mandar y a incrementar el talento de calibrar al adversario, aunque aplicando rituales como el de observar al enemigo a los ojos para oler su temor.

Así se sacaban el gusto de combatir por un clan o por un pelotón, partiendo del conocimiento de un saber simbólico que nos incita a tener fantasías  sobre el enorme poder destructivo de nuestros artefactos nucleares.

Mientras tanto, el arma más mortífera de que  disponen los generales que envían a sus soldados a muertes innecesarias  es la corteza cerebral situada bajo sus cascos.  (Jackemate.com)

 

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